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MARYTOWN (IOWA)
24 DE ENERO DE 1991
Comenzaba a caer la tarde en el pequeño pueblo de Marytown con un sol bastante cálido para las fechas en las que estaban aunque ya empezaba a notarse el frío invernal y la inminencia de las copiosas y abundantes nevadas, pero sin embargo eso aún no había ocurrido, era como si el otoño aún se resistiese a desaparecer aunque el calendario marcase su extinción tiempo ha.
Los rayos de sol dejaban caer sus doradas tonalidades sobre los tejados del pequeño pueblo, tanto sobre las viejas casas de la zona histórica como sobre la de los residenciales edificios de más reciente construcción, hogar de muchas familias cuyos trabajos o intereses estaban ligados a las no muy lejanas ciudades de Davenport y Dubuque, los verdaderos benefactores del crecimiento de este pequeño asentamiento agrícola, perdido en medio de la inmensidad de los grandes campos cerealistas de Iowa pero con la fortuna de ser casi el centro geométrico de ambas ciudades y estar adyacente a la carretera 61 que unía ambos enclaves, así como un lugar de paso de muchos transportes que iban hacia o desde el no muy lejano estado de Illinois.
Eso hacía diferente a aquel pueblo donde la única zona que un visitante casual podía describir como genuina era la vieja calle principal, donde estaban emplazados los edificios más relevantes y viejos de la comunidad, con su marcado acento rural que tanto difería de la nuevas y horrendas construcciones en serie que abarrotaban las nuevas zonas residenciales y que partían del centro del pueblo en un crecimiento radial que le había dado un aspecto de estrella si fuera observado desde las alturas, algo que afeaba al pueblo como tal pero que a su vez aseguraba su subsistencia en contrapartida a otros pueblos de aquellas grandes llanuras que poco a poco iban quedando desiertos.
Era justo en esa calle donde estaba enclavado el Instituto de Marytown, donde cursaban sus estudios todos los alumnos que tarde o temprano acabarían marchado a la Universidad Estatal de Iowa o, si sus recursos eran mayores, a las más prestigiosas del país, muy lejos de allí, mientras que los menos afortunados o con menos recursos acabarían sus días en el pueblo, cubriendo las diversas necesidades de la aún estable población o emigrando a las grandes ciudades en busca de un futuro mejor aunque la mayor parte de ellos sucumbiese a esos sueños al enfrentarse y estrellarse con la pocas veces benevolente realidad.
Pero en aquellos días y en aquel momento a nadie le preocupaba eso, Marytown no dejaba de ser una localidad más como las miles que salpicaban el territorio norteamericano, con la ligera diferencia de mantener su población gracias a las demandas de las cercanas ciudades, algo que permitía mantener su población y permitir que el pueblo estuviese más vivo que nunca, aunque sin abandonar nunca su condición de pueblo.
Y era justo en ese Instituto donde cursaba estudios la hermana mayor del sudoroso muchacho que pedaleaba con fuerza en esos momentos por las espaciosas calles, bañadas por aquel sol del atardecer, en una bella estampa que realmente poco le importaba al chico, consciente de la urgencia de llegar a su casa cuanto antes, situada en una de aquellas repetitivas manzanas que a cualquier visitante le resultarían laberínticas pero que él se conocía como la palma de su mano al igual que las identidades y ocupaciones de sus muchos habitantes. Ventajas de haber nacido y vivido siempre allí incluso después de la separación de sus padres.
Rick Fabisler, que así se llamaba el pelirrojo y pecoso muchacho, pedaleaba como si la vida le fuera en ello, mirando cada dos por tres su barato reloj electrónico de pulsera y rezando cuanto sabía como si con ello pudiera evitar lo que ya era inevitable: llegaba tarde.
Había prometido a su madre que antes de las cinco estaría en la casa estudiando los temas de matemáticas que tantos quebraderos de cabeza le daban, pero se había entretenido más de la cuenta con su amigo Joy en la tienda de libros usados de Harry, buscando viejas glorias que adquirir a un buen precio así como las últimas novedades de sus héroes de ficción favoritos: “el Capitán Holocausto” y “El policía de Ergott”.
Había estado tentado de comprar varios números para después, una vez agotados, revenderlos (Harry jamás traía dos veces una mercancía de ese tipo que se agotase), pero había decidido esperar por encontrarse en números rojos y porque en el caso de “El policía de Ergott” era mejor esperar quince días, a que saliese el último número, que seguramente tendría mucho más valor... con paciencia podría recuperar poder adquisitivo y adquirir un producto que se iba a vender como rosquillas y al precio que el quisiera. Podían dársele mal las matemáticas pero había heredado el pragmatismo económico de toda una generación norteamericana.
Sin embargo esa indecisión a la hora de comprar y la gran cantidad de material revisado le había retrasado enormemente y ahora se lanzaba por las calles de Marytown en una carrera casi kamikaze por alcanzar su casa antes de que su madre, Belinda, regresara de la reunión mensual de padres y alumnos del Instituto de Marytown, donde ella impartía clases de Historia.
Afortunadamente para él el motivo de la reunión era preparar todo para la gran celebración de las fiestas locales que conmemoraban los afortunados y heroicos hechos que dieron lugar al establecimiento de una comunidad en aquel territorio que con el tiempo sería el germen de la actual Marytown, cuyo nombre procedía, lógicamente, de la grandilocuente leyenda sobre la formación del pueblo: La huida desesperada de unos colonos de las agresivas tribus indias de la zona y la negativa de una de las integrantes de la caravana llamada Mary a retroceder más, y morir allí mismo pero luchando por la parcela que Dios les tenía reservados a todos en el mundo... fue tal el valor y la determinación mostrada por aquella efervescente mujer que el resto de componentes de la caravana, avergonzados y a la vez alentados por su valor bajaron de los carros, improvisaron unas defensas e hicieron frente al enemigo al que derrotaron no sin antes sufrir terribles pérdidas, entre ellas la valiente Mary, pero logrando vencer e inmortalizar su lucha que fue narrada generación tras generación hasta componer una majestuosa leyenda que adornaba unas gigantescas columnas de mármol soporte de la entrada de la Biblioteca de Marytown.
Naturalmente que Belinda, siendo profesora de historia como era, ya le había contado a él y a su hermana Pamela que la realidad parecía haber sido muy distinta pues según los últimos estudios sobre tales hechos en realidad los colonos huían tras haber cometido auténticas barbaridades en suelo sagrado indio que pusieron en pie de guerra a estos, que la tal Mary parecía haber existido, en efecto, pero que en realidad cayó de su carro durante la huida y nunca más se volvió a saber de ella puesto que nadie paró a recogerla, con los indios pisándoles los talones aquello tuvo que ser un simple sálvese quien pueda que no se convirtió en una total masacre (para los colonos) gracias a la intervención de una unidad de caballería en misión de patrulla que demostró a las tribus nativas la diferencia entre luchar con arco y con arma de fuego y aunque la situación de guerra duró varios años supuso el establecimiento de tropas en la zona en un inicial improvisado fuerte, donde los colonos supervivientes se instalaron y donde posteriormente se quedaron tras la marcha de los soldados, siendo este el verdadero origen de Marytown. Pero Belinda siempre parafraseaba la famosa cita que decía. “no dejes que la verdad estropee una bonita historia” y si los habitantes de Marytown querían creerse todas esas fábulas sobre el origen de su asentamiento, ¿para que contradecirles?.
Pero no era el origen de Marytown lo que preocupaba a Rick, lo único que el quería era llegar cuanto antes a su casa, colarse sin hacer ruido y meterse en su habitación antes de que llegase su madre y así convencerla de que había sido puntual y que llevaba estudiando matemáticas desde la cinco de la tarde que había llegado. Además contaba con buena cobertura para cometer su fechoría puesto que la señora Gibson, su vecina, no estaría en la casa vigilando, como era su costumbre, ya que ese mismo día se marchaba a Chicago a vivir con una de sus hijas y su hermana Pamela, obstáculo aún peor, estaría en su última cita con Peter.
Lo de la última cita lo suponía ya que sabía de muy buena tinta que Peter andaba tras Ángela, la hermana de su buen amigo Joy y eso quería decir que Pamela no tenía posibilidad alguna de continuar con uno de los brillantes miembros del equipo de béisbol. Pero en cualquier caso Pamela estaba citada con Peter y eso le dejaba la casa desierta para colarse sin ser observado y poder fingir que llevaba toda la tarde estudiando las apestosas matemáticas.
Finalmente tomó a gran velocidad la última esquina y le alivió el ver que el Cadillac de su madre no estaba en la puerta del garaje, un buen elemento que también podía jugar a su favor ya que el viejo coche poseía el record de averías por semana de todo el pueblo y con un poco de suerte el viaje de regreso de su madre se viera alterado por alguno de los múltiples problemas mecánicos de los que tanto adolecía.
- ¡Salvado! – Pensó una vez alcanzó el jardín delantero mientras frenaba con una acrobática maniobra y saltaba de la bici al instante, dejándola caer sobre el reseco césped pero no sin antes haber sacado su mochila con su preciado tesoro.
Corrió entonces por uno de los laterales de la casa, donde una gruesa capa de setos les separaba del jardín de la señora Gibson, alcanzando así el jardín trasero y permitiéndole el acceso por la puerta de la cocina... en realidad era lo mismo entrar por la puerta principal o la trasera, si había alguien en la casa le pillarían de igual forma, pero por la parte trasera estaba más resguardado y cubierto de miradas indiscretas de la vecindad.
Con unos ágiles movimientos abrió la contrapuerta y acto seguido la puerta, accediendo a la cocina, cerrando y lanzándose en veloz carrera hacia la puerta del salón y desde allí ya sólo quedaría subir los peldaños de la escalera y saltar sobre la cama de su habitación, abrir el libro de matemáticas y leer sus nuevas adquisiciones hasta que llegase alguien.
Una figura sentada al lado de la mesa de la cocina frenó su alocada carrera y le hundió en los más funestos pensamientos. Allí estaba sentada una frágil figura femenina, de largos y sedosos cabellos rubios, penetrantes ojos grises y acicalada con lo mejor de su vestuario y pinturas de tocador. Pamela, su hermana, le había atrapado. ¡Si hubiese entrado por la puerta principal!. Ya era tarde para lamentaciones, había que pasar a la acción, a las excusas.
- ¡Vaya! – Dijo entonces la figura femenina – Parece que llegas algo tarde a tu cita con los estudios.
Rick se quedó petrificado, en principio lo tenía todo estudiado y se sabía de memoria las quince excusas que podía dar, pero sin embargo aquellas palabras de Pamela le dejaron fuera de lugar. En condiciones normales habría una fuerte carga de ironía en ellas, sin embargo a Rick le habían sonado como amargadas, como si no hubiera doble intención con ellas.
- ¡Oh!, ya veo, ¿ya sabes lo de Ángela? – Fue lo único que le salió y demasiado tarde se dio cuenta de la estupidez que había cometido.
Los ojos de Pamela parecieron encenderse y si alguna vez alguien necesitase una definición de lo que era una mirada asesina podía estar seguro de que aquello era lo más parecido.
- Creo que deberías subir a tu cuarto a hacer lo que no has estado haciendo hasta ahora, ¿no te parece? – Esta vez si que había rabia apenas contenida en aquellas palabras y Rick sabía que lo mejor era no trabarse en un cuerpo a cuerpo con su hermana, tenía todas las de perder.
- ¡Claro!, ¡claro!, ya mismo voy, precisamente iba a eso...
Y salió corriendo de la cocina sin siquiera atreverse a mirar hacia atrás no fuera que su hermana adoptase la forma de un pájaro de Hicthcock y se lanzase sobre sus ojos a arrancárselos. Parecía lo suficientemente conmocionada como para no estar dándose cuenta de nada y ni tan siquiera recordar algo que comentar posteriormente a su madre cuando regresara del Instituto.
Cruzó el salón con celeridad y salió disparado hacia su cuarto cruzándose en el camino con el perro de Pamela, un lindo pastor alemán de apenas dos meses, que ignorando a Rick jugueteaba con una pelota de goma que lanzaba en todas las direcciones.
Tampoco es que Rick le prestase mucha atención, no le gustaban demasiado los animales, aunque en realidad podía decirse que no le gustaba nada que se tuviese que cuidar o representase trabajo extra alguno. Rick prefería compartir sus ratos de ocio con sus tebeos, no con estúpidos perros con los que no poder hablar o jugar al ordenador.
El sonido de la puerta al cerrarse indicó a Pamela que su hermano ya estaba en su cuarto y que nuevamente volvía a estar sola, en la semioscuridad de la cocina, sentada junto al teléfono, junto al aparato con el cual había terminado de romper con lo poco que había con Peter que al menos había tenido la valentía de haber sido directo y sincero, no como otros que esperan a que al final se descubra todo cuando ya es inevitable.
Los ojos llorosos de la muchacha recorrieron palmo a palmo cada rincón de la cocina hasta encontrarse con la superficie brillante de una bandeja donde pudo ver su propio reflejo, algo distorsionado pero bastante claro. Allí podía ver a esa muchacha de escasa altura, de aterciopelada y lisa melena rubia, de suaves facciones, nariz respingona, labios sutilmente finos y unos intensos ojos de color gris que ella aborrecía. ¿Por qué no podía haber heredado esos intensos y hermosos ojos verdes de su madre?.
La verdad es que Pamela podía decir que había heredado más de su padre que de su madre y eso en cierta forma le repugnaba. Ya hacía mucho de la separación y quizá no la había afectado sobremanera, pero era la sensación de parecerse a alguien que les había repudiado lo que no podía soportar y en aquel momento de autocompasión esa sensación se hacía más agobiante e insoportable.
Allí estaba ella, una jovencita a punto de concluir el último curso antes de marchar a la Universidad, con un expediente académico brillante, una reputación intachable, un amor hacia todos los demás incuestionable y sin embargo, sola, incapaz de adaptarse e incapaz de amoldarse... ninguna relación de las pocas que había intentado había funcionado, al menos con los que merecían su atención, ni por error lo intentaría con algunas de las bestias que pululaban por el instituto con una sola idea preconcebida. Y todo porque había heredado los rasgos de su padre y no los de su hermosa y cariñosa madre.
¿De qué servía tenerlo todo y saberlo todo si no podía compartirlo con nadie?, ¿qué sentido podía tener la vida si uno estaba condenado a la eterna soledad?, ¿por qué era incapaz de ser feliz?.
Las preguntas se agolpaban una detrás de otra en la embotada mente de la muchacha hasta que el ruido inconfundible a chatarra emitiendo explosiones le avisó de que el Cadillac de su madre estaba aparcando delante de la puerta del jardín. Era momento de disimular.
Encendió la luz, lanzó una última mirada a la bandeja para verse, se secó lo mejor que pudo las lágrimas, aguantó las que pugnaban por salir y se puso a simular que preparaba algo para la cena de forma que pudiera dar la espalda a su madre cuando ésta entrara.
No tuvo que esperar mucho.
- ¡Vaya!, no esperaba encontrarte aquí – Dijo una dulce y melodiosa voz al abrirse la puerta de la cocina y dejar paso a una impresionante mujer de pelo rojizo, inmensos ojos grises y una sonrisa que parecía estar pegada a perpetuidad en su boca - ¿Ya has regresado?.
- Sí – Fue la seca y simple respuesta de ella aguantando nuevamente un acceso de lloros.
Belinda dejó un envoltorio sobre una de las encimeras de la cocina y tras titubear unos segundos se acercó por la espalda a su hija y puso sus manos sobre los hombros de ella con mucha suavidad.
- Pam, mírame a los ojos un segundo.
Pamela sintió un nuevo nudo en la garganta e intentó oponerse a aquella petición, pero la verdad es que en aquel momento ya todo le daba igual. Su madre era demasiado inteligente para no darse cuenta de que nada había salido como esperaba.
- Lo siento mamá – Dijo ella dándose lentamente la vuelta y no pudiendo evitar que una lágrima corriese por su mejilla – Nada me sale como quiero, nada sale bien.
Belinda supo al instante todo lo ocurrido. No era necesario que su hija se lo contara, sus llorosos ojos hablaban por si mismos. La agarró con fuerza y la abrazó con toda la ternura que cualquier madre era capaz de dispensar a cualquiera de sus hijos mientras se maldecía una y otra vez por aquella lejana separación que había dejado coja a la familia.
Sí, su exmarido no olvidaba ni un solo mes extender el correspondiente cheque con el que pagar prácticamente todo lo que aquella familia necesitaba en cuestiones materiales, pero a cambio había dejado a Belinda con un terrible sabor amargo hacia la vida y a sus dos hijos con graves problemas, el pequeño Riky con su rebeldía natural y la pobre Pam con esa indecisión y fragilidad que amenazaba con partirla en añicos. Ella luchaba día tras día por sacar a lo que quedaba de la familia adelante pero era obvio reconocer que no era tarea fácil sólo para uno y que poco a poco el tiempo iba pasando factura a las deficiencias de cariño de un padre.
- Anda, sube a la habitación de tu hermano y controla por un rato que estudia algo. Después, cenaremos y cuando Riky se haya acostado ya charlaremos tú y yo – Le dijo con mimo retirándola ligeramente de su regazo – No llores Pam, nada sale como uno quiere nunca, pero si se insiste acaba saliendo. Eso siempre ocurre, siempre.
Pamela asintió mirando hacia el suelo, más por cubrir sus lágrimas que por vergüenza, apartándose de su madre y marchando lentamente hasta el piso de arriba y entrando como un alma en pena en la habitación de Rick que, despatarrado sobre la cama, y leyendo uno de los tebeos que había comprado. La Presencia de pamela le dejó lívido.
- No... no es lo que tu crees... verás... es qué...
- Riky, hazme un favor – Atajó ella de forma severa las tartamuda excusa de su hermano – sigue leyendo y déjame en paz.
Rick se quedó fascinado. No había bronca, no había charla, no había enfado. La situación era realmente interesante, si la cosa seguía así por muchos días iba a ser un buen plan empezar a buscarle novios a su hermana que la dejasen de forma continua para que nunca saliera de su depresión y le diese la libertad que él necesitaba.
La mente de Rick tampoco cedió mucho a esos tentadores pensamientos ya que de inmediato volvió a enfrascarse en su tebeo y olvidarse por completo de la presencia de su hermana, sentada en la silla del escritorio del muchacho y mirando con ojos perdidos al horizonte. En realidad su vista estaba fija sobre la abandonada casa de la señora Gibson pero su mente estaba en otro lugar y ya podía haber desfilado por la casa de la vecina un grupo de alienígenas escapados de algún proyecto secreto del gobierno que ella ni se habría enterado.
- ¡Maldito engendro mecánico! – Gruño en voz alta Rick, que tenía la fea costumbre de meterse demasiado en el mundo imaginario de sus tebeos y hablar y maldecir en voz alta.
Pamela pareció despertar de su ensoñación y miró con cierta envidia a su hermano menor. No es que Rick fuera un hermano modelo, le detestaba en casi todos los sentidos pero admiraba esa capacidad del muchacho de evadir sus problemas leyendo un ridículo tebeo sobre seres inexistentes ataviados con ridículas ropas de colorines y que en nombre de la paz y de la libertad arrasaban ciudades y mundos en sus continuas peleas.
- ¿A quién estás insultando ahora? – Preguntó con cierta desgana ella ligeramente enfadada porque su hermano la había distraído de sus lúgubres ensoñaciones.
Rick alzó la vista de su tebeo y por un momento olvidó que su hermana odiaba esa afición suya en concreto.
- Ese maldito Worty ha vuelto a escapar, el Policía le tenía tendida una buena trampa pero escapó porque uno de sus lugartenientes no cumplió con la orden. Je, je, no importa, al menos le ha dado una buena “chamuscada” en la cara.
Pamela le miraba con cierta incredulidad pero Rick no parecía ni darse cuenta. ¿Cómo era posible que la mitad de la gente de sus edad no tuviera ni la más mínima idea de la mitad de los ríos y montañas de su país o del nombre de los presidentes y sin embargo se supiesen de “pe a pa” la geografía de mundos inexistentes y los nombres de todos aquellos energúmenos engrosados en el género de superhéroes, la mitad de ellos impronunciables?.
- ¡Así que ha vuelto a escaparse! – Exclamó ella con cierta ironía – Ya podías aprender de él y hacer tú lo mismo.
Rick tardó unos segundos en captar el mensaje, pero la parte de su cerebro que no estaba atenta al tebeo lo capto, lo proceso y finalmente, tras un laborioso trabajo lo entendió. Rick alzó la mirada y tras marcar la hoja por la que iba se quedó mirando fijamente a su hermana.
- Oye, no es culpa mía que Peter haya pasado de ti. Reconócelo, Ángela les trae de cabeza a todos y si pensabas que iba a salir contigo en vez de con ella eres un poco ilusa.
Que su hermano le devolviese a la cruda realidad era algo que ella no esperaba pero fue tal la sensación que hasta sintió vértigo y tuvo que poner una de sus manos sobre el escritorio de su hermano para no perder el equilibrio.
- Como vuelva a oír ese nombre te juro por lo más sagrado que el que va a acabar chamuscado eres tú y que como combustible usaré esos malditos tebeos que devoras como si en ello te fuera la vida. ¿Has pensado en hacer algo productivo?, estudiar, ¿por ejemplo?.
- Estás mosqueada – Dijo tranquilamente Rick.
- No, estoy enfadada y muy enfadada, te lo aseguro.
Pamela se incorporó y se alzó amenazadoramente sobre su hermano sin que eso pareciera medrar mucho al muchacho hasta que una dulce y musical voz intervino en el desenlace de la escena.
- ¡Chicos, bajad ya, la cena está ya casi hecha!.
Fuera lo que fuera a ocurrir quedó en nada ya que ambos se quedaron mirando como si en aquel momento nada de lo dicho u ocurrido influyera en el momento ni en la situación. Pamela se relajó y tras un ligero titubeo se encaminó hacia la puerta mientras que su hermano dejaba el tebeo sobre la cama y se levantaba para hacer lo mismo mientras negaba repetidas veces con la cabeza.
Demasiado rápido, sospecho que hoy toca comida de microondas.
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