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El blog de Worty

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PRIMERA PARTE

 

UN HÉROE CAÍDO DEL

 

CIELO

 

 

 

 

 

 

EN ALGÚN LUGAR IMAGINARIO EN CUALQUIER MOMENTO

 

El viento era el dueño y señor, el amo absoluto de aquellos parajes pantanosos, de densa vegetación, de tierras pútridas; un sinfín de lugares cuyo nexo común era aquel terrible aliento etéreo, un apocalíptico vendaval que se manifestaba a la par que su terrible aullido agónico que provocaba en aquella tierra enferma y oscura donde nunca debería poder albergar vida alguna.

Pero contraviniendo esa piadosa idea aquel territorio inhóspito, de tez fría y negra, estaba cubierto de grandes núcleos boscosos con monumentales árboles secos y prácticamente podridos que, en su mayor parte, no pasaban de ser meros troncos huecos en los cuales se cobijaban cientos de múltiples criaturas que de esa forma conseguían resistir las terribles condiciones en las que se veían obligadas a vivir.

Era un paisaje desolador, que ni la más enfermiza mente podía siquiera imaginar y sin embargo era en aquel lugar aparentemente terrible donde se generaba la riqueza y la abundancia de la no muy lejana Ergott, la ciudad de las luces y los placeres, la ciudad que robaba las reservas de agua a aquellos tétricos lugares y las usaba tras su correspondiente filtrado, la ciudad que capturaba el metano producto de la descomposición para sus reservas de energía, la ciudad que, en pocas palabras, crecía en esplendor a costa del empobrecimiento de todos sus alrededores, abandonados éstos a su suerte y azotados continuamente por el habitante eterno del lugar, el viento.

Ningún morador de la ciudad de la luz se atrevía siquiera a atravesar aquellos parajes si no había una buena razón para ello y era por eso que la diminuta fauna apiñada en las zonas pantanosas subsistía. Si aquellos prepotentes ergottianos fueran siquiera conscientes de la existencia de ellas posiblemente encontrarían algún uso que darle en su propio beneficio y entonces, las desnutridas bestias, estarían tan sentenciadas como estaba el resto del planeta, víctima de la ambición sin límites de la ciudad de los placeres.

Era de noche, el viento acrecentaba la sensación de frío y laceraba sin compasión la piel de aquellas criaturas que osaban siquiera desafiarle mientras buscaban algo con lo que alimentarse, algo con lo que sobrevivir un día más en aquel infierno brumoso y húmedo, aunque los recursos eran escasos y por eso las pocas criaturas que conseguían aguantar un día más no eran más que pellejos fantasmales que se arrastraban sin un rumbo concreto, moviéndose a veces por la simple necesidad de romper con la lúgubre monotonía de sus vidas.

Esa rutina metódica era la que unía en cierta forma a toda la fauna de aquel inhabitable territorio, fueran de la especie que fueran, una fauna de grandes ojos con amplias pupilas que les daba un aspecto realmente terrible, algo que provocaba verdadero pavor en los acomodados habitantes de Ergott y por lo que eran catalogadas como criaturas de aspecto horrible cuyo mejor destino era ser muertas por las cuadrillas de “limpiadores” que, muy de cuando en cuando, salían de Ergott con la inquietante misión de “adecentar” los alrededores de la impoluta ciudad.

Sin embargo no era a éstos a quienes más temían las asustadizas criaturas de aquel lugar, a quien realmente se temía era a la imagen de la bestia cenagosa, un ser aparentemente más evolucionado que el resto pero que por un capricho del destino había quedado estancado en ese mismo proceso evolutivo, convirtiéndose con el tiempo en un simple animal salvaje, de instinto depredador y de costumbres aborrecibles.

Procedían del sur, de zonas aún más pantanosas, pero donde los pantanos no estaban formados por grandes extensiones de líquido cenagoso si no por una sustancia gelatinosa de terrible olor que ni tan siquiera merecía el nombre de líquido y que, por norma general, recubría los cuerpos de aquellas degeneradas criaturas.

Era en época de hambre como aquella en las que las abominaciones del sur comenzaba a migrar, la mayor parte a las afueras de Ergott, a sus enormes basureros, donde navegaban entre la inmundicia que la ciudad de las luces generaba cada día, buscando entre las sombras su alimento, si es que las excrecencias por las que se peleaban día y noche merecían tal nombre. Pero una pequeña parte se asentaba más allá de los basureros, cazando con tesón a todas aquellas criaturas de ojos enormes y cuerpos famélicos que, a causa de su desnutrición, apenas podían esquivar las malolientes extremidades afiladas de sus depredadores. Cada vez que el hambre azotaba la zona la fauna del lugar era drásticamente diezmada por el aparentemente inagotable apetito de aquellas monstruosidades semievolucionadas.

El tiempo en los últimos meses había sido lamentable y los pocos productos que daba la flora salvaje se habían podrido antes siquiera de haber dado la mínima esencia de lo que debían ser, lo cual quería decir que en breve se desataría una nueva hambruna y antes de lo esperado las inquietantes sombras de las bestias cenagosas harían acto de presencia en aquel desolado paraje de triste memoria.

Y eso acababa de ocurrir en un punto indeterminado de aquel paisaje de pesadilla. Había sido un simple chapoteo, pero eso bastó para que todos aquellos seres de ojos enormes usaran las pocas fuerzas de las que podían hacer acopio para ocultarse entre las retorcidas raíces de los tenebrosos árboles y esperar, totalmente inmóviles, pasar desapercibidas al fino olfato de aquellos gelatinosos terrores reptantes.

Sin embargo la curiosidad es a veces más poderosa que el simple miedo y fueron muchas las criaturas que giraron sus cuellos para encararse con aquel monstruo devorador que, evidentemente, avanzaba sin precaución alguna entre las estancadas aguas que lo anegaban todo, haciendo más ruido del debido y desplazándose sin embargo con una agilidad muy impropia de una repulsiva bestia cenagosa.

Muy pronto las criaturas más rezagadas pudieron ver como ante ellas se dibujaba una impresionante figura que, si bien inspiraba miedo, poseía una forma ciertamente reconfortante, pues no en vano estaba claro que se trataba de una silueta humana, posiblemente alguien de Ergott que se había aventurado por el lugar, lo cual provocaba cierta tranquilidad en los animales pues bien sabido era que las bestias cenagosas, pese a lo terrible de su carácter, huían como posesas ante la simple presencia de un ser humano.

No obstante aquella silueta inspiraba algo muy parecido al miedo, no por su tamaño, no por su forma de moverse, si no por el hecho de que se la podía ver, o más bien intuir, por su vestimenta que era en sí más oscura que las tinieblas que rodeaban todo, una oscuridad inquietante que parecía espantar la escasa claridad reinante entre el brumoso paisaje, lo cual contrastaba terriblemente con la grotesca máscara de oro que cubría la cara de aquella figura, una máscara que, muy al contrario que el resto de los atuendos, reflejaba hasta la más mínima luz que impactase contra su superficie. Y era precisamente aquel contraste lo que resultaba embriagador a los ocasionales observadores y lo que a su vez inundaba sus cuerpos de un temor incomprensible pero palpable.

Y eso era lo que debía de sentir en ese instante uno de los bruzzs del lugar, una especie de gigantescos ratones cuyos rasgos faciales guardan una vaga apariencia humana y que gozan del desarrollo cerebral más avanzado de todo el grupo de congéneres que componen el hábitat de las ciénagas de Ergott.

La criatura se contrajo instintivamente cuando se percató de la presencia de la inquietante figura justo delante de su madriguera, a escasos centímetros de su moqueante nariz, quedándose petrificada cuando además fue consciente de que la figura había detenido su marcha y había quedado allí mismo, delante de su hogar, sin tener muy claro que intenciones podría tener.

Sin embargo no ocurrió nada, aquel desconocido visitante permanecía allí, de pie, mirando a algo que había más allá de la madriguera del bruzzs y dando la espalda a ésta, mientras la enorme capa que cubría al recién llegado, aún más negra si cabe que el resto del traje, comenzaba a agitarse violentamente por la fuerza del viento, golpeando en uno de sus anárquicos movimientos a la ratonil criatura, que contuvo un chillido de terror, hasta que se percató de que lo que le había golpeado había sido parte de la vestimenta del desconocido.

Poco a poco el corazón del bruzzs se fue desacelerando y su innata curiosidad le empujó a asomar ligeramente su cara para intentar descubrir quien era aquel visitante y que era exactamente lo que hacía pero, apenas asomó, su fino sentido auditivo le avisó de inmediato de que algo o alguien más se estaba acercando, era un leve chapoteo, casi inaudible, pero perfectamente distinguible para una criatura como el bruzzs, acostumbrada a supeditar su supervivencia a su excelente odio ante la ausencia permanente casi de luz en aquellas ciénagas y pantanos.

Apenas había vuelto a esconder su cabeza en la seguridad de su guarida una bola peluda y veloz cruzó desde debajo de un tronco caído y podrido que reposaba unos metros a la derecha, frenando en seco delante de la madriguera y abrazándose de inmediato a la pierna derecha del visitante ante el terror del bruzzs, que de inmediato reconoció a aquella masa informe de pelo como una de las voraces bestias cenagosas, cuya desesperación debía de ser extrema para lanzarse sobre un humano, criatura temida de siempre por ellas aunque, como quedaba pendiente de ver, quizá no inmune a su letal veneno.

Primero sonó un inquietante silbido, el grito de guerra de las bestias cenagosas antes de acabar con sus víctimas, y después surgió de entre la maraña de pelos una doble hilera de afilados dientes rezumantes del letal veneno con el que las víctimas quedaban paralizadas antes de ser tragadas vivas por aquellos temibles depredadores. No había terminado de retumbar el eco del  silbido en sus sensibles orejas cuando la mandíbula se cerró con fuerza sobre la pierna del sorprendido intruso que, dada la rapidez del ataque, ni siquiera parecía haber reaccionado.

Pero algo fue diferente, en vez del aullido de dolor de la víctima lo que sonó fue un repugnante sonido de fractura, de algo duro que se rompe al chocar contra algo aún más duro, seguido por un estremecedor quejido de intenso dolor, pero no emitido por la víctima sino por el cazador, que abrió la boca, apenas había descargado su letal mordisco, dejando caer varias piezas de sus destrozadas mandíbulas y dejando escapar un tibio chorro de sangre que en parte salpicó los enormes ojos sin pupilas del bruzzs, que no daba crédito a lo que veía por primera vez en su vida; una bestia cenagosa derrotada y malherida tras una emboscada a una desprevenida víctima y con todo a su favor.

La bestia cenagosa no tuvo tiempo de más ya que instantes después todo pareció estallar en un torrente de luz cegadora que inundó el paraje por completo, cegando a todas las criaturas que se habían atrevido a presenciar el ataque a excepción del bruzzs, que tuvo suerte puesto que el cuerpo del humano actuó como pantalla, no así la bestia cenagosa la cual sufrió tal impresión por aquella explosión luminosa que su frágil corazón apenas pudo resistirlo. Con un gemido gutural se desplomó inerte sobre el putrefacto suelo dejando un rastro de sangre de su boca sobre la pierna de su víctima y hundiéndose lentamente en el fétido cenagal.

El bruzzs, que pese a todo se había cubierto los ojos con una de sus extremidades, fue retirando lentamente su pequeña pata a la vez que sus enormes ojos, que asimilaban con rapidez cualquier cambio luminoso, volvían a enmarcar la escena que se desarrollaba frente a su madriguera, bajo la cual ya no había rastro de la criatura cenagosa, devorada por las oscuras y estancadas aguas, pero donde seguía la impertérrita figura del humano, encarado hacia la luz, que resultó ser una doble fuente luminosa procedente de un vehículo parado a escasos veinte metros del tronco que le servía al bruzzs de madriguera.

El humano seguía allí, completamente inmóvil, a excepción de su cabeza oculta bajo aquella máscara dorada que reflejaba de forma dañina los haces de luz de los focos que la iluminaban. Parecía buscar algo, pero fue evidente por el gesto final que fuera lo que fuere lo que estaba buscando no estaba allí, centrando finalmente su mirada en el vehículo que iluminaba la escena y que, como respondiendo a una orden inmediata, disminuyó la intensidad de la luz de los focos hasta unos niveles aceptables para poder ver sin correr el riesgo de quedar ciego de forma permanente.

Una especie de sonrisa afloró en el semihumano rostro del ratonil bruzzs que, de pronto, se dio cuenta que ante él se encontraba una criatura inofensiva para él pero letal para cualquiera de las terribles bestias cenagosas que noche tras noche acechaban en los lugares más insospechados de aquellas ciénagas, esperando el día que no fuese suficientemente rápido o listo para esquivar su emboscada y posterior ataque. No tenía muy claro hacia donde se encaminaba aquel humano ni que intenciones tenía pero en su propio beneficio debería no alejarse de él ya que podía ser un seguro de vida perfecto.

Eran esos los pensamientos que acometía la lenta pero segura mente del bruzzs cuando el recién llegado emitió sus primeras palabras que retumbaron como un trueno por el silencioso paraje, en parte por la fuerza con la que fueron pronunciadas y en parte por el silencio reinante en el lugar.

-          ¡Wop! – Dijo el humano mirando fijamente hacia los dos haces de luz – Hace más de una hora que te andaba buscando. ¿Puedo saber dónde te habías metido? – Preguntó con una tonalidad más bien mecánica, como si fuesen palabras procesadas y emitidas por una máquina que emulase el hablar de un ser humano, algo que de todas formas le era indiferente al curioso bruzzs, ignorante de la lengua de otras especies más desarrolladas que la suya.

-          El punto de encuentro está a cuatro kilómetros de aquí más bien he sido yo quien te estaba buscando, yo estuve allí en el momento indicado... mi scanner sigue al cien por cien de operatividad así que creo que es mi deber comentar que fuiste tú quien no se presentó donde y cuando debía.

La voz sonó mucho más fuerte desde algún altavoz instalado en el vehículo con una tonalidad análoga a la de la figura humana, como si se tratase de la discusión entre dos computadoras dotadas del don del habla pero carentes de sentimiento y sensación alguna que aportase tonalidades y matices a la pronunciación.

-          Por cierto. ¿Y esa máscara dorada que llevas cómo trofeo?.

Aquella apostilla final pareció alterar ligeramente al humano que pareció erguirse cuan alto era mientras sus brazos se apoyaban sobre sus caderas y su cabeza se adelantaba ligeramente, como si tratase de lanzarse sobre el cercano vehículo sin esperar al resto del cuerpo.

-          Sabes tan bien como yo que me incineró la cabeza, está completamente destrozada y mis circuitos se sobrecargaban con los gritos de terror de esa chusma de las granjas exteriores, así que me cubrí con lo primero que encontré. ¿Supone eso algún problema?.

-          Sí, si las llamas han conseguido llegar hasta el cerebro – Fue la rápida respuesta procedente del vehículo

El humano pareció relajarse y su cuerpo volvió a su posición natural, con lo cual su apariencia pasó a ser más tranquilizadora, aunque ninguna de las criaturas de los alrededores olvidaba la muerte que había dado a la bestia cenagosa y que bajo aquella extraña apariencia se encontraba un digno adversario capaz de derrotar a la peor pesadilla de aquellos pantanos.

-          Deja de lado esos comentarios y prepárate para fabricarme una cara nueva, con estos pellejos chamuscados no pasaré desapercibido – Y como si de pronto se diese cuenta de la presencia de la criatura que le había atacado momentos antes, bajó la cabeza, se fijó en ella, sin saberse muy bien como era capaz de ver algo bajo aquellas pastosas aguas oscuras, la alzó en el aire de un puntapié y la agarró al vuelo con su mano derecha, quedando ésta colgando, goteando agua sucia y sangre y completamente inerte.

Para el bruzzs aquello era como estar observando a un libertador que tras la insignificante victoria alzaba el trofeo de guerra para que todos en la zona supiesen quien iba a mandar allí de ahora en adelante y que destino le esperaba a cualquiera que osase desafiar su mandato. Definitivamente aquel humano era alguien del que uno no debía de apartarse si lo que quería era vivir tranquilamente el resto de sus días sin miedo a las bestias cenagosas.

-          Este es el destino de todo aquello que no esté dentro de los límites de la ambiciosa ciudad de Ergott – Dijo en voz alta el humano observando la repulsiva alimaña que había intentado convertirle en su víctima – Sus malditos ciudadanos y su flamante defensor sólo se preocupan de su riqueza, de sus extracciones de oro y de su bienestar, condenando al resto del planeta a la podredumbre y al olvido – Y con un gesto casi despectivo soltó a la criatura que cayó nuevamente a las pestilentes aguas, hundiéndose para siempre en el olvido hasta que su cuerpo, hinchado por el paso del tiempo, emergiera y sirviese de alimento a otros carroñeros.

-          Un discurso de lo más elocuente si hubiese un público capaz de entenderlo, pero por desgracia en esta ciénaga que ensucia mis neumáticos y tus botas no hay criatura inteligente que entienda de tales reflexiones – Fue la respuesta procedente desde el vehículo, que era quien en realidad emitía las palabras puesto que su interior carecía de ocupante alguno – Sin embargo nada de eso excusa nuestra ausencia, las palabras de tu madre y de tu hermano mayor fueron bastante claras, ¿no?.

El humano guardó silencio y quedó meditabundo. Era cierto que desde que acabó su infancia se vio sometido a las mismas obligaciones que sus otros seis hermanos, impuestas por su madre, aunque en menor escala para él, dados sus problemas de salud.

-          Worty – Volvió a hablar el vehículo – No creo que haya nada en Ergott que quede por descubrirse y me temo que nuestras obligaciones nos llaman a estar en otro sitio. Tuviste tu oportunidad de acabar con el Policía de Ergott, le tenías a tiro desde el principio y sin embargo le dejaste disparar primero... ¿Se supone que jugabas a algo?, reconstruirte la cara va a ser un largo trabajo y no es tiempo precisamente lo que nos sobra pese a que podamos ir a donde queramos y cuando queramos.

-          Sólo pretendía darle una oportunidad, cualquier adversario mío la merece, pero su emboscada no la había podido prever. Pero no habrá más oportunidades, en cuanto me reconstruyas las facciones pienso volver y destruirle a él y a su maldita ciudad de las luces, pienso sumir ese lugar en la más terrible de las tinieblas.

-          Insisto en que no hay tiempo para ello – Fue la tajante advertencia de la voz procedente del vehículo - Las directrices de tu hermano mayor y de tu madre son bastante precisas y el tiempo que pasamos aquí lo perdemos en la preparación de tu plan, es muy preciso y mis cálculos le dan una buena probabilidad de éxito, pero cada segundo que permanecemos aquí acorta esas posibilidades.

La reacción del humano era la de contestar a tal argumento, pero en ese momento ocurrió algo que dejó que las palabras no llegaran siquiera a pronunciarse, algo que inquietó por completo hasta a la más pequeña criatura que pululaba por la zona y muy especialmente al insignificante bruzzs frente a cuya madriguera estaba clavado el humano cual colosal estatua.

El viento despareció.

Aquello provocó en el pequeño y peludo animal un desasosiego total. Ciertamente era lo que siempre había deseado, que aquel terrible ulular etéreo desapareciera para siempre y devolviese la tranquilidad a aquellos parajes, pero la forma en la que había desaparecido infundió un miedo espantoso en todo su ser, como si aquella inesperada tranquilidad fuera el preludio algo mucho peor y esa sensación acabó por convertirse en un miedo absoluto que le llevó a olvidarse de toda su seguridad para emprender una huida que le apartase de lo que quiera que fuera a ocurrir a continuación, porque algo le decía interiormente al animal que aquel extraordinario suceso era sólo la antesala de algo horrible de lo que había que huir.

No tuvo tiempo, apenas había salido de la madriguera el eterno amo del lugar, el viento inmisericorde, acudió de nuevo y lo inundó todo con mayor fuerza si cabía aún, arrastrando con su furia salvaje al frágil cuerpo del animal, que salió literalmente disparado contra el vehículo que se dibujaba varios metros más allá de su cubil.

En el humano, sin embargo, no hubo reacción ninguna, ni durante el breve lapso de tiempo que no hubo viento ni posteriormente cuando éste regresó con toda su furia natural, permanecía allí, en completo silencio, totalmente inmóvil, con aquella máscara dorada de facciones inamovibles que le daban un siniestro y amenazador aspecto, siendo los únicos vestigios de su posición la violencia con la que su pelo y su negra capa se agitaban al compás de las inmisericordes ráfagas que cruzaban por el enfermizo territorio de las ciénagas. 

Finalmente un imperceptible movimiento de la cabeza y los consiguientes destellos provocados con la máscara dorada volvieron a delatar la existencia de un ser vivo bajo aquella imagen pétrea, tras lo que su voz restalló con excesiva violencia para lo que había sido la conversación mantenida hasta ese momento.

-          ¡Me ha llamado engendro mecánico! – Pareció masticar lentamente las palabras, primer síntoma de que no era una máquina la que emitía aquella voz.

Una serie de zumbidos en el vehículo y de extrañas luces que se escapaban por una de las puertas abiertas fueron el preludio de la respuesta del motorizado interlocutor.

-          Lo he odio perfectamente, podría asimilarse a las ocasiones en las que me denominas montón de chatarra.

-          En este caso en muy diferente – casi escupió las palabras la figura humana – Voy a destrozarle y a hacerle tragarse esas palabras una por una.

-          Esa actuación no sería adecuada puedes poner en peligro todo el plan.

-          Nadie me insulta y sale indemne – Fue la tajante sentencia del humano – Prepara el viaje y la reconstrucción facial, salimos de este apestoso lugar ya mismo, ya habrá un momento más propicio para saldar cuentas.

Y fue entonces cuando la figura humana recobró sus movimientos, marchando con celeridad hacia el vehículo, ignorando el huracanado viento que arrastraba todo cuanto no estuviese bien sujeto y chapoteando de una forma que delataba la posible furia que parecía embargar, ignorando que al llegar hasta el coche y subir a él agitaba su capa de tal forma que con uno de sus extremos golpeaba a una pequeña silueta peluda que se debatía con la asombrosa furia del recién aparecido viento.

Apenas estuvo en el asiento del conductor se desprendió con un ágil movimiento de la máscara de oro que cubría su rostro, dejando a la vista un terrible espectáculo de carnes,  músculos y huesos quemados y desfigurados de forma terrible, aunque apenas perceptible a las luces de las múltiples consolas del panel de mandos del vehículo. Y tras esa acción lanzó la máscara a la ciénaga con el mismo desprecio con el que anteriormente había dejado caer el cadáver inerte de la bestia cenagosa, agarrando al instante la puerta, de apertura vertical, y cerrándola con un movimiento seco sin esperar a que el propio vehículo la cerrase con sus procedimientos de automatismo.

-          Aún no podemos irnos, llevas un pasajero adicional del que hay que deshacerse – Advirtió la voz del vehículo mientras un panel acompañaba las palabras con una serie de barras que ascendían y descendían según surgían los sonidos de los múltiples altavoces colocados de forma que el sonido fuese totalmente envolvente.

Con un seco giro del cuello el humano giró su cabeza y fijó su atención en lo que presuponía que había entrado en el vehículo y que impedía la realización del agotador viaje hasta la fuente del insulto.

El bruzzs aún no se había recuperado del impacto contra los acolchados asientos del vehículo tras ser arrastrado por la alocada capa del humano, mecida de forma brutal por el viento, estaba indagando donde había caído cuando sus enormes ojos se cruzaron con los del humano, o más concretamente con el derecho ya que el izquierdo se hallaba completamente oculto por una desfigurada masa de carne y músculo que caían de forma espantosa sobre una no menos destrozada mejilla carbonizada casi en su totalidad.

-          Un vivo ejemplo de la podrida fauna local – Fue lo único que dijo el humano antes de girar el cuello con la misma rapidez que antes y comenzar a teclear una serie de comandos en un teclado integrado en el mismo volante.

-          No podemos iniciar el viaje con esa cosa dentro, podríamos alterarlo todo, esa criatura no puede ir a la Tierra.

Una especie de sonrisa se dibujó en la comisura de los descarnados labios del humano mientras un trozo de jirón de piel caía de la barbilla al asiento.

-          No sobrevivirá al viaje, nadie lo hace, salvo nosotros – Y continuó con su frenético teclear mientras un zumbido de motores en ignición lo envolvía todo.

-          Aún así el riesgo de contaminación es muy alto, una sola cosa de esas podría alterarlo todo y tu madre...

La voz excesivamente alta del humano atajó por completo las protestas de la máquina a aquel desvío de los protocolos básicos de seguridad.

-          Mi madre tiene ahora cuestiones más urgentes que atender que preocuparse por si me llevo o no un souvenir de este enfermizo lugar. Este no es un viaje cualquiera, el salto de dimensión lo destrozará y lo más grande que quedará de él no superará siquiera el tamaño de una simple molécula, así que deja ya ese tema e inicia las fases de despegue, quiero que ese desgraciado pague cuanto antes con su sangre lo que me ha dicho.

-          Como órdenes, pero luego me veré en la obligación de recordarte que los errores en los procedimientos acaban pagándose.

Una nueva especie de sonrisa terrorífica asomó en el rostro desfigurado del humano.

-          Si el plan falla no importará mucho, no quedará nadie para pagarlo... al menos yo no estaré allí.

Y tras acomodarse en el respaldo del sillón y desplegarse el doble cinturón de seguridad pulsó un pequeño botón en la palanca de cambios, momento en el cual el sonido exterior se hizo ensordecedor delatando el encendido de los motores y la inminencia del viaje que se disponían a hacer el vehículo, el desfigurado humano y la secuestrada criatura de los pantanos de Ergott.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nadie en la Tierra podía siquiera intuir lo que en los próximos días iba a ocurrir y a sentenciar su “prefijado” destino, para bien o para mal, pero, mientras eso ocurriera, en una solitaria zona de un mundo imaginario de pesadilla una máscara de oro se hundía en las cenagosas profundidades de aguas estancadas, en un lugar donde la bruma y la oscuridad volvieron a hacerse dueños del lugar, sin disputarle el reinado al gran amo de todo aquello; el viento.

 

 

 

 

 

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