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El blog de Worty

La Novela. Prólogo

 

WORTY

 

 

 

  PRÓLOGO

 

Cuando uno comience a leer este legajo lo primero que se dirá será algo así como “¡oh, no!, otra novelilla de mundos raros con criaturas impronunciables, reinos olvidables y tramas inaguantables”, pero que no cunda el pánico, en la página nueve ya retornamos a la realidad, el mundo que conocemos (eso siempre que alguno de ustedes haya estado en Iowa, Estados Unidos, o en medio de los campos de Cuenca, que viene a ser lo mismo) y ya no abandonaremos dicho mundo en casi ningún momento.

Lo siguiente en advertir el lector será que la historia como que es un poco simplista, lógico si tenemos que todo este escrito es en realidad una readaptación de la original, la cual resultaba de difícil lectura, no por estar en latín si no por ser un verdadero compendio de faltas de ortografía, expresiones nefastas, frases mal construidas y por si fuera poco con doscientas hojas extraviadas (afortunadamente existía una copia en Madrid y pude rescatarla); y la novela original encima fue escrita cuando tenía dieciséis años lo cual demuestra una madurez intelectual de la que hago gala en toda la novela, es decir, ninguna.

Este era mi tercer intento de escribir algo, el primero era incompleto e imposible y el segundo un proyecto de emular a Lovecraft que se quedo en poco menos que una novela serie B que ríete tú de “Piraña 2” o “A ver si puedo olvidar lo que hicisteis el último verano 4”, intentando por un lado homenajear todo el cine que había masticado hasta la época (me encanta el cine), aunque más bien la palabra me da que es plagiar (y encima ahora la piratería es delito) así como una parodia en si de cómo percibía yo la vida de los americanos en base a las series y películas que veía; todo ello aderezado por mi rechazo habitual al mundo de los superhéroes, que no es que no me gustasen, es que simplemente a mi eso de que los malos fuesen malos malísimos y los buenos buenísimos por que sí no me convencía.

Aún recuerdo una escena de Indiana Jones en su tercera entrega, años más tarde de esta novela, en la que Indy mataba a tres jóvenes alemanes, nazis malísimos para justificar tanta violencia, y no pude por menos que pensar “¿y si yo fuera uno de esos alemanes reclutados en mi país obligado por el impulso de “que dirán si no lo hago”?, ¿me haría gracia entonces que este americanote me matase así por las buenas?” (no obstante recordemos que eran nazis).

Hombre, el problema, evidentemente, soy yo que intento razonar sobre cosas simples, es decir, en los tebeos de superhéroes, en las películas y en la trilogía de “la guerra de las galaxias” hay buenos y malos, y si quieres ver algo con mensaje oculto y profundo además de trasfondo intelectual ponte a ver algo de Fellini, no pretendas que en una película o tebeo de diversión te hagan una reflexión sobre la existencia del alma inmortal.

Pero el caso es que al final acabé plasmando mis inquietudes en esta novela que hube de readaptar por varias causas aparte de la desastrosa forma en la que estaba escrita. Había que dar coherencia a ciertas partes que estaban agarradas con alfileres, cambiar la descripción de los personajes, es decir, al lector le interesará más como es cada uno que saber si es rubio y lleva gomina, quitar partes realmente irrelevantes de la historia, añadir alguna modificación, casi siempre para dar algo más de coherencia a esta locura y por supuesto intentar reducir el número de hojas, por si el día de mañana resulto ser un escritor de culto que a los pobres estudiantes de literatura no les toque leerse un tostón de seis mil páginas y lograr con ello que mi madre sea el ser más mentado en los institutos de enseñanza en España.

Los ingredientes eran sencillos, crear un superhéroe, ubicarlo en un lugar que nos resulte familiar a los que veíamos películas y series de televisión, decorarlo con todos los topicazos habidos y por haber y por último, si no era mucha molestia, desarrollar una historia lo más absurda e incongruente posible y una historia de amor inevitablemente “cursi”.

El héroe fue fácil de diseñar en una época en la que florecían galanes como Terminator (no la había visto cuando comencé a escribir la novela) y Robocop (desearía no haberla visto) de quien tomé el espíritu de mi héroe, convirtiéndole en algo que ni era mecánico del todo ni humano del todo, aunque el molde que más se ajustaba a Worty era en realidad Marty y su De Lorean en la siempre agradable de ver “Regreso al futuro I” sólo que Michael J. Fox era más simpático que mi engendro. Luego le añadí el equipamiento de serie de todo héroe, donde lo que si reconozco haber copiado con descaro total es la enorme pistola, modificada pero sacada en esencia, de la película “Critters” además de la espada Excalibur, con decenas de cacharros raros, algunos de los cuales cambian de nombre en la readaptación, como los hipermuelles que pasan a ser hiperimpulsores porque la primera palabrota me recordaba más al “inspector Gadget” que a un equipamiento de héroe serio de tebeo. Por supuesto un compañero de aventuras, pero nada de amigo sin gracia vestido con mallas verdes y que se pasase toda la novela diciendo tonterías, para eso ya estaban los protagonistas, así que le asigné un vehículo parlanchín y con un computador de última tecnología que fue mejorado y robado a un personaje de un proyecto de novela mía no escrita (Arthur y Dorothy, donde Arthur era un policía americano con un coche que poseía un simple ordenador que podía mantener conversaciones), aunque posteriormente la aparición de “El coche fantástico” supuso un jarro de agua fría hacia mi gran invento... descubrí horrorizado que en otros lugares del mundo había gente que tenía en la cabeza idioteces parecidas a las mías, sin duda el fin del mundo andaba cerca y con el estreno de “El equipo A” no me quedó ya el menor atisbo de duda.

Una vez creado el héroe había que ubicarlo y el mejor lugar era los Estados Unidos, que todos conocíamos de las series y las películas que nos bombardeaban continuamente, pero una zona que me permitiera hacer lo que me diese la gana. Iowa era el lugar perfecto, pertenece a los Estados Unidos y ni dios ha estado allí salvo que su vuelo hubiera tenido que hacer algún aterrizaje de emergencia en la zona.

En ese marco medio rural medio urbano centré la historia acompañándola de todos los topicazos de los que pretendía burlarme, creando así Marytown, un lindo pueblo del medio oeste norteamericano, con su instituto de enseñanza, sus alumnos preparando el baile anual, la protagonista femenina ingenua y de curvas perfectas, la madre con el contrapunto intelectual y el carácter, el estudiante matón, el estudiante gracioso, el posible novio capitán del equipo de béisbol obsesionado con las mujeres y el deporte y toda esa amalgama de personajes genuinamente irrelevantes que nos tragábamos en todas las series que veíamos, a los que se añadían los venidos de la ciudad: militares déspotas o destructivos, policías duros y de métodos expeditivos, científicos locos de remate, agentes secretos sin escrúpulos y un largo etcétera que no eran otra cosa que mis amigos de la época cambiados de nombre y reconvertidos en personajes de mi novela.

Luego venía la historia, la pelea de todas las fuerzas vivas de la Tierra contra un ser ajeno a nuestro planeta en dura pugna por la posesión de un tebeo que predice el futuro (años después en la serie “Héroes” encontramos algo parecido), con el clásico desfile de decenas de personajes cuyas tramas se van entrecruzando y donde ni los buenos son en realidad tan buenos ni los malos son malos por naturaleza, lo siento, a mi la tendencia habitual de las películas americanas me desagrada, siempre encontramos al niño que de pequeño tiene la aspiración de ser terrorista y cuando llega a grande logra su sueño a base de ser malo, decir fantasmadas y no matar al bueno cuando tiene oportunidad. Así el general Wimbert, candidato número uno a malo, pretende en realidad conseguir lo que cree mejor para su país en medio de su fanatismo, el policía Schneider no pretende concluir su misión para ganarse una medalla, sólo quiere proteger a su ex familia y regresar a su ruinosa vida de borracheras, Pamela, la guapa de la novela, parece más preocupada por el baile anual que por cualquier otra cosa y Worty, el personaje central, en teoría es el defensor de la humanidad pero por una parte le importa un comino y encima su misión primigenia le lleva a asegurarse la destrucción del planeta, francamente, será el protagonista y lo que se quiera, pero como triunfe nos espera un futuro más negro que su traje.

Toda esta mezcla de personajes e historias cruzadas va de topicazo en topicazo hasta que se acaban los argumentos y comienza la parte que toda historia del cine americano suele llevar implícita: persecuciones, bofetones a mansalva y tiros para destrozar un país varias veces, todo ello con un final apoteósico de pirotecnia y sensiblería barata y una segunda parte (hasta en eso pretendía parodiar al cine y las malditas secuelas) incluida en la novela donde invierto la dinámica de la historia, que pasa a ser de persecuciones, bofetones y tiros a ser de tiros, bofetones y persecuciones. Ante todo originalidad.

Naturalmente pretendía hacer una novela graciosa y llena de inventiva pero por desgracia con dieciséis años no andaba yo muy fino y claro, lo que con esas edad me parecía gracioso ahora me provoca nauseas, algo así como el que cuando era pequeño se fascinó con “La fuga de Logan” y al verla quince años después se pregunta como diablos pudo tragarse esa película infumable con gentes del futuro llevando pantalones de campana y patillas espantosas. Podía haber añadido miles de bobadas nuevas para hacerla realmente graciosa, pero eso era cargarme el sentido original de la novela y su verdadera naturaleza, la readaptación sólo debía eliminar o modificar las incoherencias, las expresiones equivocadas, las faltas de ortografía y las partes irrelevantes que provocaran más bostezos de los necesarios... y así concluí esta versión revisada de la que fue mi última novela para pasar a escribir ya con mi estilo propio la siguiente (bueno, si luego la gente dice que no tengo estilo es otra cosa, pero luego si les pego un puñetazo en un ojo no me llamen rencoroso), la cual cambiaré de título porque con la cascada de cosas que han salido de templarios mejor buscar otro encabezamiento.

Los cambios afectan especialmente al Rex Schneider, que pasa de policía a agente federal con los suficientes recursos para continuar con la misión hasta el final, los diálogos críticos de Worty con respecto a religión, la guerra o las tendencias insolidarias de la humanidad desaparecen de un plumazo, Worty defendía en el panfleto original posturas muy críticas cuando en realidad es un personaje neutro al que le da igual lo que haga la humanidad, así que traslado a Pamela las escasas críticas o comentarios y de una manera muy superflua.

En el aspecto de las escenas de acción (no puedo ocultar que cuando escribo en realidad siempre lo hago como si lo que estuviese narrando es una película y no una novela) acorté muchas partes, especialmente la interminable batalla del edificio “Monroe”, donde el héroe se enfrentaba a un adversario, luego a otro, luego a un tercero y así sucesivamente hasta hastiarme a mí y no te digo al lector (vale, cada adversario era de un color diferente y pegaba de una manera diferente pero era todo el rato lo mismo). En ese aspecto es cuando uno descubre que pueden pasar mil cosas que si no cuentas nada nuevo al final cansan, por lo que pegué un terrible tijeretazo a las doscientas páginas que ocupaba esa insufrible lucha de titanes lo que explica que de las 1400 hojas originales nos quedemos en apenas 950.

Por supuesto el tema principal seguía siendo el mundo de los héroes, ese mundo ideal de grandes guerreros repletos de extraordinarios sentimientos e indescriptibles poderes que consiguen tiempo para conciliar vida familiar con el desafío que supone enfrentarse a seres viles y perversos cuya única aspiración es matarle y convertirse en el amo del mundo mundial.

Así que reconvertí mi héroe en un tipo orgulloso de si mismo y de lo que es, lo que le convierte en un prepotente, ligeramente asqueado de su función, proteger a unas criaturas, los humanos, que a su juicio son frágiles, traicioneras y no merecen siquiera que se les preste la más mínima atención; repleto de accesorios de todo tipo que con el que cumple con su misión y que van apareciendo a medida que se van necesitando, un compañero infalible con el que mantiene continuas discusiones sobre los criterios a seguir, un cuerpo técnicamente indestructible que sufre golpes y mamporros por todas partes, unos planes que no funcionan desde el principio, una sutileza absoluta que provoca más daño y destrucción que el bien que se presupone que debe administrar. Todo ello con una misión principal que nada más comenzar la novela pasa a segundo plano para una lucha por intereses personales entre él y las facciones que se le oponen, decenas de cabos sueltos que complican los planes, la intervención de personajes que enredan más aún el asunto, como los hermanos del héroe, más peligrosos que el propio héroe en su periplo por la Tierra y unos malos que, para no variar, están continuamente peleados entre ellos y destrozan cualquier lugar que visitan en un claro homenaje a las películas de terror de la “Hammer” que siempre acababan con el castillo o casa de los horrores ardiendo.

Naturalmente, como toda novela con viajes en el tiempo hay que ser muy cuidadoso en los acontecimientos y explicar muy bien las causas de esos viajes, los resultados de éstos y las circunstancias que lo rodean de forma que no se produzcan incongruencias ni paradojas temporales. Naturalmente como en las series y películas americanas (salvo excepciones) pasan un kilo de darle sentido a estos temas pues yo me apunto a la moda, doy mi versión de cómo funcionan los viajes en el espacio tiempo y al que no le guste que se lea a Isaac Asimov o a Carl Sagan, porque si ellos escribían de ciencia ficción tras muchas películas averigüé que existía una rama que me apasionaba, la choteo ficción, de la que soy aventajado alumno.

En definitiva, Worty sólo fue una manera de pasar el rato por las tardes, de rendir culto a todo ese cine malo que durante años mastiqué sin queja alguna, de mandar al carajo a los héroes embutidos en mallas azules con los calzoncillos por fuera y de demostrar que en las historias no hay buenos ni malos si no gentes que tienden a lo uno o a lo otro según sus circunstancias personales. Mi única espina fue no saber que Harry Potter iba a existir, de haberlo sabido, en vez de a Marytown hubiera mandado a mi Worty a romperle las gafas al dichoso niñato inglés, aunque nunca es tarde para una tercera parte. Lo malo es que la señora Rowling vende millones y a mi me da que no voy a seguir su mismo camino, pero que conste que la calidad de las novelas es la misma, la diferencia es que ella escribe en inglés J.

 

Disfrútenla.

(Si no gusta recordar que el contenedor azul es el de papel y cartones, al menos seamos ecológicos).

 

 

 

 

 

 

¿Qué dicen las críticas?:

 

“Una novela impactante, sobre todo si te cae sobre la cabeza”

El País – 15 de Octubre de 1998

 

“Si la lees al revés dice lo mismo que al derecho, nada”

El Mundo – 11 de Noviembre de 1998

 

“Genial, sublime, espectacular”

Diario de Tomelloso – 04 de Febrero de 2000 (es que aquí trabaja un amigo).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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INSTITUTO METEOROLÓGICO DE MANSFIELD

CERCANIAS DE MANKATO (MINESSOTA)

A ESA MISMA HORA

 

Roger Brown seguía apoyado sobre una de las múltiples consolas que emitían datos de una forma frenética y continua en la oscura sala, iluminando con sus mortecinos resplandores su escasamente afeitada tez y dándole cierta apariencia fantasmagórica, al igual que a todos los demás técnicos, aunque ninguno de ellos, tan absortos como estaban en sus tareas, parecía fijarse en ese aspecto.

El meteorólogo aspiró profundamente varias veces mientras asimilaba lo que para un profano no serían más que números y gráficas sin sentido pero que para él era como mirarse en un espejo, no había nada que escapara a su atenta mirada y nada le distraía salvo quizá ese olor a mobiliario nuevo que aún no había abandonado la sala del recién inaugurado recinto desde el que se emitían las predicciones del tiempo de la zona norte del país.

Aquel era de momento el mejor centro meteorológico en cuanto a tecnología ya que en lo que se refería a cualificación del personal pese a tener parte de lo mejor de lo mejor había otras instalaciones con personal mucho más preparado, pero en cualquier caso la falta de veteranía de muchos de sus miembros la compensaba el hecho de tener equipos que podían marcar la diferencia, no sólo con el resto de estaciones del país si no con las del resto del mundo.

Y sin embargo, pese a su dilatada experiencia como profesional y los miles de análisis que se hacían diariamente junto con el aporte de todo tipo de datos estaba ocurriendo algo que le tenía absolutamente perplejo y para lo que necesitaba respuestas cuanto antes que dar a sus superiores cuando requiriesen información de la causa de no haber cumplido con lo que se suponía debían de cumplir, predecir el tiempo.

Resopló mientras miraba aquel sin sentido que todas las pantallas le mostraban y aunque no tenía ni la más remota idea de a que se estaban enfrentando si sabía lo que sus ojos le mostraban, una gigantesca banda nubosa al suroeste de los grandes lagos cubriendo con su gran manto los estados de Minnesota, Illinois, Iowa y Wisconsin, girando continuamente sobre si misma y convirtiéndose en algo que no podía estar ahí, que no debía estar ahí: un huracán.

-          Tiene que haber algún error – Musitó con un tono casi imperceptible - ¿Cómo es posible?.

-          Ya hemos revisado el hardware y el software principal, señor – Le dijo por encima del hombro uno de sus ayudantes extendiéndole un puñado de papeles donde quedaba certificada tal comprobación – Y los dos aviones de reconocimiento acreditan la presencia de la banda nubosa y vientos cada vez más fuertes. La imagen del satélite es correcta y las lecturas son todas fiables, señor.

Roger cerró los ojos como si al hacerlo pudiera nuevamente abrirlos y ver desaparecer aquel imposible de su vida.

-          ¿Me está diciendo que en una hora se ha formado un huracán de la nada en pleno norte interior de los Estados Unidos?.

El ayudante titubeó unos instantes pues no sabía si era una pregunta directa o retórica, pero finalmente decidió que le daba igual ya que aquello era evidente y no iba a ser él quien tuviese que explicar a las autoridades jerárquicas aquella inverosímil situación.

-          Todas las lecturas apuntan a eso señor, de seguir ese ritmo de crecimiento podemos decir que estará en su apogeo en aproximadamente una hora.

-          ¡Imposible! – Bramó Roger - ¿Cómo demonios vamos a evacuar a toda esa gente en tan poco tiempo?.

-          ¿Avisamos ya, entonces? – Preguntó el ayudante esperando una orden directa para pasar al plan de emergencia previsto.

-          ¿Avisar de que se está formando un huracán donde no puede formarse y que va a arrasar casi cuatro estados sin que esta mañana siquiera tuviésemos algún dato al respecto y las condiciones climatológicas resultasen casi veraniegas?. ¡Esto es de locos!.

El ayudante se limitó a asentir y a encogerse de hombros. La verdad es que no apostaría ni un dólar por el puesto de Brown ya que tenía toda la razón, un huracán no se forma en el continente, su génesis es lenta y no espontánea y además ni tan siquiera estaban en temporada de huracanes; pero lo único cierto es que todo el instrumental y sus lecturas, las fotos del satélite y las observaciones de los aviones indicaban sin margen de error que lo que había sobre el centro de la zona norte de Estados Unidos era un inmenso huracán que de seguir adquiriendo velocidad destruiría una buena parte del país que para nada estaba preparada para eso... una cosa era un tornado ocasional y sus puntuales destrozos pero la inmensidad de un huracán le hacía exponencialmente más desastroso y destructivo. Roger Brown no tenía la culpa de aquel suceso inexplicable pero cuando Washington pidiera una cabeza que rodase para dar carnaza a los periodistas sería la de él.

-          Señor – Dijo nuevamente el ayudante en espera de una orden sobre como actuar.

-          Ni siquiera el calentamiento global puede causar esto – Volvió a pensar en voz alta – Póngame con Washington en cinco minutos – ordenó finalmente consciente de que ya daba igual lo que pudiera pensar. Aquello estaba allí y había que hacer algo, aunque ya fuera tarde.

En esos momentos otro de los operadores saltó de su asiento y llamó su atención.

-          Señor, hay nuevas lecturas, la velocidad del viento está disminuyendo.

Roger casi bendijo en silencio. Seguía sin saber ante que nuevo fenómeno atmosférico se encontraban pero si se quedaba todo en un tremendo chaparrón al menos podría intentar salvar su puesto y los daños materiales y personales se reducirían completamente. Habría muchas quejas por la cantidad de  millones de dólares invertidos en un centro incapaz de predecir una tormenta de considerables dimensiones, pero siempre era mejor eso que lamentar decenas de muertes y millones en pérdidas.

No obstante había que ser prudente, por mucho que el viento perdiera fuerza aquella imagen del satélite mostraba con toda nitidez un terrible frente nuboso circular con un agujero central, la definición exacta de un huracán y no había huracán alguno sin viento.

En ese momento su pantalla pareció parpadear y no sólo debió de ser la suya ya que varios de los técnicos a su alrededor saltaron hacia atrás en sus asientos perplejos por algo. Sin embargo lo que fuera fue momentáneo ya que la imagen se restableció, pero con un componente nuevo, una serie de números en rojo, que parpadeaban en la esquina inferior izquierda de la pantalla.

Roger alzó la vista y quedó perplejo al observar que todos los grandes paneles de la sala donde se mostraban las diversas imágenes y lecturas de forma amplificada mostraban exactamente lo mismo, una cifra parpadeante e un rojo intenso en el extremo inferior izquierdo de las pantallas.

-          ¿Y ahora que es esto? – Se preguntó en voz alta.

-          Ni idea, señor, sólo sabemos lo que pone, 4458-35/4 – Respondió uno de los técnicos.

-          “Instrucción 4458-35/4” fue lo que se dibujo en la mente del meteorólogo antes de que decididamente se quitase los cascos de comunicación que llevaba puestos y se girase hacia su primer ayudante.

-          Jeff, quiero esa llamada a Washington para ya mismo – Fue su tajante orden. No sabía que era exactamente pero su intuición ya le estaba avisando. Era algo del ejército.

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MARYTOWN (IOWA)

24 DE ENERO DE 1991

 

Comenzaba a caer la tarde en el pequeño pueblo de Marytown con un sol bastante cálido para las fechas en las que estaban aunque ya empezaba a notarse el frío invernal y la inminencia de las copiosas y abundantes nevadas, pero sin embargo eso aún no había ocurrido, era como si el otoño aún se resistiese a desaparecer aunque el calendario marcase su extinción tiempo ha.

Los rayos de sol dejaban caer sus doradas tonalidades sobre los tejados del pequeño pueblo, tanto sobre las viejas casas de la zona histórica como sobre la de los residenciales edificios de más reciente construcción, hogar de muchas familias cuyos trabajos o intereses estaban ligados a las no muy lejanas ciudades de Davenport y Dubuque, los verdaderos benefactores del crecimiento de este pequeño asentamiento agrícola, perdido en medio de la inmensidad de los grandes campos cerealistas de Iowa pero con la fortuna de ser casi el centro geométrico de ambas ciudades y estar adyacente a la carretera 61 que unía ambos enclaves, así como un lugar de paso de muchos transportes que iban hacia o desde el no muy lejano estado de Illinois.

Eso hacía diferente a aquel pueblo donde la única zona que un visitante casual podía describir como genuina era la vieja calle principal, donde estaban emplazados los edificios más relevantes y viejos de la comunidad, con su marcado acento rural que tanto difería de la nuevas y horrendas construcciones en serie que abarrotaban las nuevas zonas residenciales y que partían del centro del pueblo en un crecimiento radial que le había dado un aspecto de estrella si fuera observado desde las alturas, algo que afeaba al pueblo como tal pero que a su vez aseguraba su subsistencia en contrapartida a otros pueblos de aquellas grandes llanuras que poco a poco iban quedando desiertos.

Era justo en esa calle donde estaba enclavado el Instituto de Marytown, donde cursaban sus estudios todos los alumnos que tarde o temprano acabarían marchado a la Universidad Estatal de Iowa o, si sus recursos eran mayores, a las más prestigiosas del país, muy lejos de allí, mientras que los menos afortunados o con menos recursos acabarían sus días en el pueblo, cubriendo las diversas necesidades de la aún estable población o emigrando a las grandes ciudades en busca de un futuro mejor aunque la mayor parte de ellos sucumbiese a esos sueños al enfrentarse y estrellarse con la pocas veces benevolente realidad.

Pero en aquellos días y en aquel momento a nadie le preocupaba eso, Marytown no dejaba de ser una localidad más como las miles que salpicaban el territorio norteamericano, con la ligera diferencia de mantener su población gracias a las demandas de las cercanas ciudades, algo que permitía mantener su población y permitir que el pueblo estuviese más vivo que nunca, aunque sin abandonar nunca su condición de pueblo.

Y era justo en ese Instituto donde cursaba estudios la hermana mayor del sudoroso muchacho que pedaleaba con fuerza en esos momentos por las espaciosas calles, bañadas por aquel sol del atardecer, en una bella estampa que realmente poco le importaba al chico, consciente de la urgencia de llegar a su casa cuanto antes, situada en una de aquellas repetitivas manzanas que a cualquier visitante le resultarían laberínticas pero que él se conocía como la palma de su mano al igual que las identidades y ocupaciones de sus muchos habitantes. Ventajas de haber nacido y vivido siempre allí incluso después de la separación de sus padres.

Rick Fabisler, que así se llamaba el pelirrojo y pecoso muchacho, pedaleaba como si la vida le fuera en ello, mirando cada dos por tres su barato reloj electrónico de pulsera y rezando cuanto sabía como si con ello pudiera evitar lo que ya era inevitable: llegaba tarde.

Había prometido a su madre que antes de las cinco estaría en la casa estudiando los temas de matemáticas que tantos quebraderos de cabeza le daban, pero se había entretenido más de la cuenta con su amigo Joy en la tienda de libros usados de Harry, buscando viejas glorias que adquirir a un buen precio así como las últimas novedades de sus héroes de ficción favoritos: “el Capitán Holocausto” y “El policía de Ergott”.

Había estado tentado de comprar varios números para después, una vez agotados, revenderlos (Harry jamás traía dos veces una mercancía de ese tipo que se agotase), pero había decidido esperar por encontrarse en números rojos y porque en el caso de “El policía de Ergott” era mejor esperar quince días, a que saliese el último número, que seguramente tendría mucho más valor... con paciencia podría recuperar poder adquisitivo y adquirir un producto que se iba a vender como rosquillas y al precio que el quisiera. Podían dársele mal las matemáticas pero había heredado el pragmatismo económico de toda una generación norteamericana.

Sin embargo esa indecisión a la hora de comprar y la gran cantidad de material revisado le había retrasado enormemente y ahora se lanzaba por las calles de Marytown en una carrera casi kamikaze por alcanzar su casa antes de que su madre, Belinda, regresara de la reunión mensual de padres y alumnos del Instituto de Marytown, donde ella impartía clases de Historia.

Afortunadamente para él el motivo de la reunión era preparar todo para la gran celebración de las fiestas locales que conmemoraban los afortunados y heroicos hechos que dieron lugar al establecimiento de una comunidad en aquel territorio que con el tiempo sería el germen de la actual Marytown, cuyo nombre procedía, lógicamente, de la grandilocuente leyenda sobre la formación del pueblo: La huida desesperada de unos colonos de las agresivas tribus indias de la zona y la negativa de una de las integrantes de la caravana llamada Mary a retroceder más, y morir allí mismo pero luchando por la parcela que Dios les tenía reservados a todos en el mundo... fue tal el valor y la determinación mostrada por aquella efervescente mujer que el resto de componentes de la caravana, avergonzados y a la vez alentados por su valor bajaron de los carros, improvisaron unas defensas e hicieron frente al enemigo al que derrotaron no sin antes sufrir terribles pérdidas, entre ellas la valiente Mary, pero logrando vencer e inmortalizar su lucha que fue narrada generación tras generación hasta componer una majestuosa leyenda que adornaba unas gigantescas columnas de mármol soporte de la entrada de la Biblioteca de Marytown.

Naturalmente que Belinda, siendo profesora de historia como era, ya le había contado a él y a su hermana Pamela que la realidad parecía haber sido muy distinta pues según los últimos estudios sobre tales hechos en realidad los colonos huían tras haber cometido auténticas barbaridades en suelo sagrado indio que pusieron en pie de guerra a estos, que la tal Mary parecía haber existido, en efecto, pero que en realidad cayó de su carro durante la huida y nunca más se volvió a saber de ella puesto que nadie paró a recogerla, con los indios pisándoles los talones aquello tuvo que ser un simple sálvese quien pueda que no se convirtió en una total masacre (para los colonos) gracias a la intervención de una unidad de caballería en misión de patrulla que demostró a las tribus nativas la diferencia entre luchar con arco y con arma de fuego y aunque la situación de guerra duró varios años supuso el establecimiento de tropas en la zona en un inicial improvisado fuerte, donde los colonos supervivientes se instalaron y donde posteriormente se quedaron tras la marcha de los soldados, siendo este el verdadero origen de Marytown. Pero Belinda siempre parafraseaba la famosa cita que decía. “no dejes que la verdad estropee una bonita historia” y si los habitantes de Marytown querían creerse todas esas fábulas sobre el origen de su asentamiento, ¿para que contradecirles?.

Pero no era el origen de Marytown lo que preocupaba a Rick, lo único que el quería era llegar cuanto antes a su casa, colarse sin hacer ruido y meterse en su habitación antes de que llegase su madre y así convencerla de que había sido puntual y que llevaba estudiando matemáticas desde la cinco de la tarde que había llegado. Además contaba con buena cobertura para cometer su fechoría puesto que la señora Gibson, su vecina, no estaría en la casa vigilando, como era su costumbre, ya que ese mismo día se marchaba a Chicago a vivir con una de sus hijas y su hermana Pamela, obstáculo aún peor, estaría en su última cita con Peter.

Lo de la última cita lo suponía ya que sabía de muy buena tinta que Peter andaba tras Ángela, la hermana de su buen amigo Joy y eso quería decir que Pamela no tenía posibilidad alguna de continuar con uno de los brillantes miembros del equipo de béisbol. Pero en cualquier caso Pamela estaba citada con Peter y eso le dejaba la casa desierta para colarse sin ser observado y poder fingir que llevaba toda la tarde estudiando las apestosas matemáticas.

Finalmente tomó a gran velocidad la última esquina y le alivió el ver que el Cadillac de su madre no estaba en la puerta del garaje, un buen elemento que también podía jugar a su favor ya que el viejo coche poseía el record de averías por semana de todo el pueblo y con un poco de suerte el viaje de regreso de su madre se viera alterado por alguno de los múltiples problemas mecánicos de los que tanto adolecía.

-          ¡Salvado! – Pensó una vez alcanzó el jardín delantero mientras frenaba con una acrobática maniobra y saltaba de la bici al instante, dejándola caer sobre el reseco césped pero no sin antes haber sacado su mochila con su preciado tesoro.

Corrió entonces por uno de los laterales de la casa, donde una gruesa capa de setos les separaba del jardín de la señora Gibson, alcanzando así el jardín trasero y permitiéndole el acceso por la puerta de la cocina... en realidad era lo mismo entrar por la puerta principal o la trasera, si había alguien en la casa le pillarían de igual forma, pero por la parte trasera estaba más resguardado y cubierto de miradas indiscretas de la vecindad.

Con unos ágiles movimientos abrió la contrapuerta y acto seguido la puerta, accediendo a la cocina, cerrando y lanzándose en veloz carrera hacia la puerta del salón y desde allí ya sólo quedaría subir los peldaños de la escalera y saltar sobre la cama de su habitación, abrir el libro de matemáticas y leer sus nuevas adquisiciones hasta que llegase alguien.

Una figura sentada al lado de la mesa de la cocina frenó su alocada carrera y le hundió en los más funestos pensamientos. Allí estaba sentada una frágil figura femenina, de largos y sedosos cabellos rubios, penetrantes ojos grises y acicalada con lo mejor de su vestuario y pinturas de tocador. Pamela, su hermana, le había atrapado. ¡Si hubiese entrado por la puerta principal!. Ya era tarde para lamentaciones, había que pasar a la acción, a las excusas.

-          ¡Vaya! – Dijo entonces la figura femenina – Parece que llegas algo tarde a tu cita con los estudios.

Rick se quedó petrificado, en principio lo tenía todo estudiado y se sabía de memoria las quince excusas que podía dar, pero sin embargo aquellas palabras de Pamela le dejaron fuera de lugar. En condiciones normales habría una fuerte carga de ironía en ellas, sin embargo a Rick le habían sonado como amargadas, como si no hubiera doble intención con ellas.

-          ¡Oh!, ya veo, ¿ya sabes lo de Ángela? – Fue lo único que le salió y demasiado tarde se dio cuenta de la estupidez que había cometido.

Los ojos de Pamela parecieron encenderse y si alguna vez alguien necesitase una definición de lo que era una mirada asesina podía estar seguro de que aquello era lo más parecido.

-          Creo que deberías subir a tu cuarto a hacer lo que no has estado haciendo hasta ahora, ¿no te parece? – Esta vez si que había rabia apenas contenida en aquellas palabras y Rick sabía que lo mejor era no trabarse en un cuerpo a cuerpo con su hermana, tenía todas las de perder.

-          ¡Claro!, ¡claro!, ya mismo voy, precisamente iba a eso...

Y salió corriendo de la cocina sin siquiera atreverse a mirar hacia atrás no fuera que su hermana adoptase la forma de un pájaro de Hicthcock y se lanzase sobre sus ojos a arrancárselos. Parecía lo suficientemente conmocionada como para no estar dándose cuenta de nada y ni tan siquiera recordar algo que comentar posteriormente a su madre cuando regresara del Instituto.

Cruzó el salón con celeridad y salió disparado hacia su cuarto cruzándose en el camino con el perro de Pamela, un lindo pastor alemán de apenas dos meses, que ignorando a Rick jugueteaba con una pelota de goma que lanzaba en todas las direcciones.

Tampoco es que Rick le prestase mucha atención, no le gustaban demasiado los animales, aunque en realidad podía decirse que no le gustaba nada que se tuviese que cuidar o representase trabajo extra alguno. Rick prefería compartir sus ratos de ocio con sus tebeos, no con estúpidos perros con los que no poder hablar o jugar al ordenador.

El sonido de la puerta al cerrarse indicó a Pamela que su hermano ya estaba en su cuarto y que nuevamente volvía a estar sola, en la semioscuridad de la cocina, sentada junto al teléfono, junto al aparato con el cual había terminado de romper con lo poco que había con Peter que al menos había tenido la valentía de haber sido directo y sincero, no como otros que esperan a que al final se descubra todo cuando ya es inevitable.

Los ojos llorosos de la muchacha recorrieron palmo a palmo cada rincón de la cocina hasta encontrarse con la superficie brillante de una bandeja donde pudo ver su propio reflejo, algo distorsionado pero bastante claro. Allí podía ver a esa muchacha de escasa altura, de aterciopelada y lisa melena rubia, de suaves facciones, nariz respingona, labios sutilmente finos y unos intensos ojos de color gris que ella aborrecía. ¿Por qué no podía haber heredado esos intensos y hermosos ojos verdes de su madre?.

La verdad es que Pamela podía decir que había heredado más de su padre que de su madre y eso en cierta forma le repugnaba. Ya hacía mucho de la separación y quizá no la había afectado sobremanera, pero era la sensación de parecerse a alguien que les había repudiado lo que no podía soportar y en aquel momento de autocompasión esa sensación se hacía más agobiante e insoportable.

Allí estaba ella, una jovencita a punto de concluir el último curso antes de marchar a la Universidad, con un expediente académico brillante, una reputación intachable, un amor hacia todos los demás incuestionable y sin embargo, sola, incapaz de adaptarse e incapaz de amoldarse... ninguna relación de las pocas que había intentado había funcionado, al menos con los que merecían su atención, ni por error lo intentaría con algunas de las bestias que pululaban por el instituto con una sola idea preconcebida. Y todo porque había heredado los rasgos de su padre y no los de su hermosa y cariñosa madre.

¿De qué servía tenerlo todo y saberlo todo si no podía compartirlo con nadie?, ¿qué sentido podía tener la vida si uno estaba condenado a la eterna soledad?, ¿por qué era incapaz de ser feliz?.

Las preguntas se agolpaban una detrás de otra en la embotada mente de la muchacha hasta que el ruido inconfundible a chatarra emitiendo explosiones le avisó de que el Cadillac de su madre estaba aparcando delante de la puerta del jardín. Era momento de disimular.

Encendió la luz, lanzó una última mirada a la bandeja para verse, se secó lo mejor que pudo las lágrimas, aguantó las que pugnaban por salir y se puso a simular que preparaba algo para la cena de forma que pudiera dar la espalda a su madre cuando ésta entrara.

No tuvo que esperar mucho.

-          ¡Vaya!, no esperaba encontrarte aquí – Dijo una dulce y melodiosa voz al abrirse la puerta de la cocina y dejar paso a una impresionante mujer de pelo rojizo, inmensos ojos grises y una sonrisa que parecía estar pegada a perpetuidad en su boca - ¿Ya has regresado?.

-          Sí – Fue la seca y simple respuesta de ella aguantando nuevamente un acceso de lloros.

Belinda dejó un envoltorio sobre una de las encimeras de la cocina y tras titubear unos segundos se acercó por la espalda a su hija y puso sus manos sobre los hombros de ella con mucha suavidad.

-          Pam, mírame a los ojos un segundo.

Pamela sintió un nuevo nudo en la garganta e intentó oponerse a aquella petición, pero la verdad es que en aquel momento ya todo le daba igual. Su madre era demasiado inteligente para no darse cuenta de que nada había salido como esperaba.

-          Lo siento mamá – Dijo ella dándose lentamente la vuelta y no pudiendo evitar que una lágrima corriese por su mejilla – Nada me sale como quiero, nada sale bien.

Belinda supo al instante todo lo ocurrido. No era necesario que su hija se lo contara, sus llorosos ojos hablaban por si mismos. La agarró con fuerza y la abrazó con toda la ternura que cualquier madre era capaz de dispensar a cualquiera de sus hijos mientras se maldecía una y otra vez por aquella lejana separación que había dejado coja a la familia.

Sí, su exmarido no olvidaba ni un solo mes extender el correspondiente cheque con el que pagar prácticamente todo lo que aquella familia necesitaba en cuestiones materiales, pero a cambio había dejado a Belinda con un terrible sabor amargo hacia la vida y a sus dos hijos con graves problemas, el pequeño Riky con su rebeldía natural y la pobre Pam con esa indecisión y fragilidad que amenazaba con partirla en añicos. Ella luchaba día tras día por sacar a lo que quedaba de la familia adelante pero era obvio reconocer que no era tarea fácil sólo para uno y que poco a poco el tiempo iba pasando factura a las deficiencias de cariño de un padre.

-          Anda, sube a la habitación de tu hermano y controla por un rato que estudia algo. Después, cenaremos y cuando Riky se haya acostado ya charlaremos tú y yo – Le dijo con mimo retirándola ligeramente de su regazo – No llores Pam, nada sale como uno quiere nunca, pero si se insiste acaba saliendo. Eso siempre ocurre, siempre.

Pamela asintió mirando hacia el suelo, más por cubrir sus lágrimas que por vergüenza, apartándose de su madre y marchando lentamente hasta el piso de arriba y entrando como un alma en pena en la habitación de Rick que, despatarrado sobre la cama, y leyendo uno de los tebeos que había comprado. La Presencia de pamela le dejó lívido.

-          No... no es lo que tu crees... verás... es qué...

-          Riky, hazme un favor – Atajó ella de forma severa las tartamuda excusa de su hermano – sigue leyendo y déjame en paz.

Rick se quedó fascinado. No había bronca, no había charla, no había enfado. La situación era realmente interesante, si la cosa seguía así por muchos días iba a ser un buen plan empezar a buscarle novios a su hermana que la dejasen de forma continua para que nunca saliera de su depresión y le diese la libertad que él necesitaba.

La mente de Rick tampoco cedió mucho a esos tentadores pensamientos ya que de inmediato volvió a enfrascarse en su tebeo y olvidarse por completo de la presencia de su hermana, sentada en la silla del escritorio del muchacho y mirando con ojos perdidos al horizonte. En realidad su vista estaba fija sobre la abandonada casa de la señora Gibson pero su mente estaba en otro lugar y ya podía haber desfilado por la casa de la vecina un grupo de alienígenas escapados de algún proyecto secreto del gobierno que ella ni se habría enterado.

-          ¡Maldito engendro mecánico! – Gruño en voz alta Rick, que tenía la fea costumbre de meterse demasiado en el mundo imaginario de sus tebeos y hablar y maldecir en voz alta.

Pamela pareció despertar de su ensoñación y miró con cierta envidia a su hermano menor. No es que Rick fuera un hermano modelo, le detestaba en casi todos los sentidos pero admiraba esa capacidad del muchacho de evadir sus problemas leyendo un ridículo tebeo sobre seres inexistentes ataviados con ridículas ropas de colorines y que en nombre de la paz y de la libertad arrasaban ciudades y mundos en sus continuas peleas.

-          ¿A quién estás insultando ahora? – Preguntó con cierta desgana ella ligeramente enfadada porque su hermano la había distraído de sus lúgubres ensoñaciones.

Rick alzó la vista de su tebeo y por un momento olvidó que su hermana odiaba esa afición suya en concreto.

-          Ese maldito Worty ha vuelto a escapar, el Policía le tenía tendida una buena trampa pero escapó porque uno de sus lugartenientes no cumplió con la orden. Je, je, no importa, al menos le ha dado una buena “chamuscada” en la cara.

Pamela le miraba con cierta incredulidad pero Rick no parecía ni darse cuenta. ¿Cómo era posible que la mitad de la gente de sus edad no tuviera ni la más mínima idea de la mitad de los ríos y montañas de su país o del nombre de los presidentes y sin embargo se supiesen de “pe a pa” la geografía de mundos inexistentes y los nombres de todos aquellos energúmenos engrosados en el género de superhéroes, la mitad de ellos impronunciables?.

-          ¡Así que ha vuelto a escaparse! – Exclamó ella con cierta ironía – Ya podías aprender de él y hacer tú lo mismo.

Rick tardó unos segundos en captar el mensaje, pero la parte de su cerebro que no estaba atenta al tebeo lo capto, lo proceso y finalmente, tras un laborioso trabajo lo entendió. Rick alzó la mirada y tras marcar la hoja por la que iba se quedó mirando fijamente a su hermana.

-          Oye, no es culpa mía que Peter haya pasado de ti. Reconócelo, Ángela les trae de cabeza a todos y si pensabas que iba a salir contigo en vez de con ella eres un poco ilusa.

Que su hermano le devolviese a la cruda realidad era algo que ella no esperaba pero fue tal la sensación que hasta sintió vértigo y tuvo que poner una de sus manos sobre el escritorio de su hermano para no perder el equilibrio.

-          Como vuelva a oír ese nombre te juro por lo más sagrado que el que va a acabar chamuscado eres tú y que como combustible usaré esos malditos tebeos que devoras como si en ello te fuera la vida. ¿Has pensado en hacer algo productivo?, estudiar, ¿por ejemplo?.

-          Estás mosqueada – Dijo tranquilamente Rick.

-          No, estoy enfadada y muy enfadada, te lo aseguro.

Pamela se incorporó y se alzó amenazadoramente sobre su hermano sin que eso pareciera medrar mucho al muchacho hasta que una dulce y musical voz intervino en el desenlace de la escena.

-          ¡Chicos, bajad ya, la cena está ya casi hecha!.

Fuera lo que fuera a ocurrir quedó en nada ya que ambos se quedaron mirando como si en aquel momento nada de lo dicho u ocurrido influyera en el momento ni en la situación. Pamela se relajó y tras un ligero titubeo se encaminó hacia la puerta mientras que su hermano dejaba el tebeo sobre la cama y se levantaba para hacer lo mismo mientras negaba repetidas veces con la cabeza.

Demasiado rápido, sospecho que hoy toca comida de microondas.

 

 

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PRIMERA PARTE

 

UN HÉROE CAÍDO DEL

 

CIELO

 

 

 

 

 

 

EN ALGÚN LUGAR IMAGINARIO EN CUALQUIER MOMENTO

 

El viento era el dueño y señor, el amo absoluto de aquellos parajes pantanosos, de densa vegetación, de tierras pútridas; un sinfín de lugares cuyo nexo común era aquel terrible aliento etéreo, un apocalíptico vendaval que se manifestaba a la par que su terrible aullido agónico que provocaba en aquella tierra enferma y oscura donde nunca debería poder albergar vida alguna.

Pero contraviniendo esa piadosa idea aquel territorio inhóspito, de tez fría y negra, estaba cubierto de grandes núcleos boscosos con monumentales árboles secos y prácticamente podridos que, en su mayor parte, no pasaban de ser meros troncos huecos en los cuales se cobijaban cientos de múltiples criaturas que de esa forma conseguían resistir las terribles condiciones en las que se veían obligadas a vivir.

Era un paisaje desolador, que ni la más enfermiza mente podía siquiera imaginar y sin embargo era en aquel lugar aparentemente terrible donde se generaba la riqueza y la abundancia de la no muy lejana Ergott, la ciudad de las luces y los placeres, la ciudad que robaba las reservas de agua a aquellos tétricos lugares y las usaba tras su correspondiente filtrado, la ciudad que capturaba el metano producto de la descomposición para sus reservas de energía, la ciudad que, en pocas palabras, crecía en esplendor a costa del empobrecimiento de todos sus alrededores, abandonados éstos a su suerte y azotados continuamente por el habitante eterno del lugar, el viento.

Ningún morador de la ciudad de la luz se atrevía siquiera a atravesar aquellos parajes si no había una buena razón para ello y era por eso que la diminuta fauna apiñada en las zonas pantanosas subsistía. Si aquellos prepotentes ergottianos fueran siquiera conscientes de la existencia de ellas posiblemente encontrarían algún uso que darle en su propio beneficio y entonces, las desnutridas bestias, estarían tan sentenciadas como estaba el resto del planeta, víctima de la ambición sin límites de la ciudad de los placeres.

Era de noche, el viento acrecentaba la sensación de frío y laceraba sin compasión la piel de aquellas criaturas que osaban siquiera desafiarle mientras buscaban algo con lo que alimentarse, algo con lo que sobrevivir un día más en aquel infierno brumoso y húmedo, aunque los recursos eran escasos y por eso las pocas criaturas que conseguían aguantar un día más no eran más que pellejos fantasmales que se arrastraban sin un rumbo concreto, moviéndose a veces por la simple necesidad de romper con la lúgubre monotonía de sus vidas.

Esa rutina metódica era la que unía en cierta forma a toda la fauna de aquel inhabitable territorio, fueran de la especie que fueran, una fauna de grandes ojos con amplias pupilas que les daba un aspecto realmente terrible, algo que provocaba verdadero pavor en los acomodados habitantes de Ergott y por lo que eran catalogadas como criaturas de aspecto horrible cuyo mejor destino era ser muertas por las cuadrillas de “limpiadores” que, muy de cuando en cuando, salían de Ergott con la inquietante misión de “adecentar” los alrededores de la impoluta ciudad.

Sin embargo no era a éstos a quienes más temían las asustadizas criaturas de aquel lugar, a quien realmente se temía era a la imagen de la bestia cenagosa, un ser aparentemente más evolucionado que el resto pero que por un capricho del destino había quedado estancado en ese mismo proceso evolutivo, convirtiéndose con el tiempo en un simple animal salvaje, de instinto depredador y de costumbres aborrecibles.

Procedían del sur, de zonas aún más pantanosas, pero donde los pantanos no estaban formados por grandes extensiones de líquido cenagoso si no por una sustancia gelatinosa de terrible olor que ni tan siquiera merecía el nombre de líquido y que, por norma general, recubría los cuerpos de aquellas degeneradas criaturas.

Era en época de hambre como aquella en las que las abominaciones del sur comenzaba a migrar, la mayor parte a las afueras de Ergott, a sus enormes basureros, donde navegaban entre la inmundicia que la ciudad de las luces generaba cada día, buscando entre las sombras su alimento, si es que las excrecencias por las que se peleaban día y noche merecían tal nombre. Pero una pequeña parte se asentaba más allá de los basureros, cazando con tesón a todas aquellas criaturas de ojos enormes y cuerpos famélicos que, a causa de su desnutrición, apenas podían esquivar las malolientes extremidades afiladas de sus depredadores. Cada vez que el hambre azotaba la zona la fauna del lugar era drásticamente diezmada por el aparentemente inagotable apetito de aquellas monstruosidades semievolucionadas.

El tiempo en los últimos meses había sido lamentable y los pocos productos que daba la flora salvaje se habían podrido antes siquiera de haber dado la mínima esencia de lo que debían ser, lo cual quería decir que en breve se desataría una nueva hambruna y antes de lo esperado las inquietantes sombras de las bestias cenagosas harían acto de presencia en aquel desolado paraje de triste memoria.

Y eso acababa de ocurrir en un punto indeterminado de aquel paisaje de pesadilla. Había sido un simple chapoteo, pero eso bastó para que todos aquellos seres de ojos enormes usaran las pocas fuerzas de las que podían hacer acopio para ocultarse entre las retorcidas raíces de los tenebrosos árboles y esperar, totalmente inmóviles, pasar desapercibidas al fino olfato de aquellos gelatinosos terrores reptantes.

Sin embargo la curiosidad es a veces más poderosa que el simple miedo y fueron muchas las criaturas que giraron sus cuellos para encararse con aquel monstruo devorador que, evidentemente, avanzaba sin precaución alguna entre las estancadas aguas que lo anegaban todo, haciendo más ruido del debido y desplazándose sin embargo con una agilidad muy impropia de una repulsiva bestia cenagosa.

Muy pronto las criaturas más rezagadas pudieron ver como ante ellas se dibujaba una impresionante figura que, si bien inspiraba miedo, poseía una forma ciertamente reconfortante, pues no en vano estaba claro que se trataba de una silueta humana, posiblemente alguien de Ergott que se había aventurado por el lugar, lo cual provocaba cierta tranquilidad en los animales pues bien sabido era que las bestias cenagosas, pese a lo terrible de su carácter, huían como posesas ante la simple presencia de un ser humano.

No obstante aquella silueta inspiraba algo muy parecido al miedo, no por su tamaño, no por su forma de moverse, si no por el hecho de que se la podía ver, o más bien intuir, por su vestimenta que era en sí más oscura que las tinieblas que rodeaban todo, una oscuridad inquietante que parecía espantar la escasa claridad reinante entre el brumoso paisaje, lo cual contrastaba terriblemente con la grotesca máscara de oro que cubría la cara de aquella figura, una máscara que, muy al contrario que el resto de los atuendos, reflejaba hasta la más mínima luz que impactase contra su superficie. Y era precisamente aquel contraste lo que resultaba embriagador a los ocasionales observadores y lo que a su vez inundaba sus cuerpos de un temor incomprensible pero palpable.

Y eso era lo que debía de sentir en ese instante uno de los bruzzs del lugar, una especie de gigantescos ratones cuyos rasgos faciales guardan una vaga apariencia humana y que gozan del desarrollo cerebral más avanzado de todo el grupo de congéneres que componen el hábitat de las ciénagas de Ergott.

La criatura se contrajo instintivamente cuando se percató de la presencia de la inquietante figura justo delante de su madriguera, a escasos centímetros de su moqueante nariz, quedándose petrificada cuando además fue consciente de que la figura había detenido su marcha y había quedado allí mismo, delante de su hogar, sin tener muy claro que intenciones podría tener.

Sin embargo no ocurrió nada, aquel desconocido visitante permanecía allí, de pie, mirando a algo que había más allá de la madriguera del bruzzs y dando la espalda a ésta, mientras la enorme capa que cubría al recién llegado, aún más negra si cabe que el resto del traje, comenzaba a agitarse violentamente por la fuerza del viento, golpeando en uno de sus anárquicos movimientos a la ratonil criatura, que contuvo un chillido de terror, hasta que se percató de que lo que le había golpeado había sido parte de la vestimenta del desconocido.

Poco a poco el corazón del bruzzs se fue desacelerando y su innata curiosidad le empujó a asomar ligeramente su cara para intentar descubrir quien era aquel visitante y que era exactamente lo que hacía pero, apenas asomó, su fino sentido auditivo le avisó de inmediato de que algo o alguien más se estaba acercando, era un leve chapoteo, casi inaudible, pero perfectamente distinguible para una criatura como el bruzzs, acostumbrada a supeditar su supervivencia a su excelente odio ante la ausencia permanente casi de luz en aquellas ciénagas y pantanos.

Apenas había vuelto a esconder su cabeza en la seguridad de su guarida una bola peluda y veloz cruzó desde debajo de un tronco caído y podrido que reposaba unos metros a la derecha, frenando en seco delante de la madriguera y abrazándose de inmediato a la pierna derecha del visitante ante el terror del bruzzs, que de inmediato reconoció a aquella masa informe de pelo como una de las voraces bestias cenagosas, cuya desesperación debía de ser extrema para lanzarse sobre un humano, criatura temida de siempre por ellas aunque, como quedaba pendiente de ver, quizá no inmune a su letal veneno.

Primero sonó un inquietante silbido, el grito de guerra de las bestias cenagosas antes de acabar con sus víctimas, y después surgió de entre la maraña de pelos una doble hilera de afilados dientes rezumantes del letal veneno con el que las víctimas quedaban paralizadas antes de ser tragadas vivas por aquellos temibles depredadores. No había terminado de retumbar el eco del  silbido en sus sensibles orejas cuando la mandíbula se cerró con fuerza sobre la pierna del sorprendido intruso que, dada la rapidez del ataque, ni siquiera parecía haber reaccionado.

Pero algo fue diferente, en vez del aullido de dolor de la víctima lo que sonó fue un repugnante sonido de fractura, de algo duro que se rompe al chocar contra algo aún más duro, seguido por un estremecedor quejido de intenso dolor, pero no emitido por la víctima sino por el cazador, que abrió la boca, apenas había descargado su letal mordisco, dejando caer varias piezas de sus destrozadas mandíbulas y dejando escapar un tibio chorro de sangre que en parte salpicó los enormes ojos sin pupilas del bruzzs, que no daba crédito a lo que veía por primera vez en su vida; una bestia cenagosa derrotada y malherida tras una emboscada a una desprevenida víctima y con todo a su favor.

La bestia cenagosa no tuvo tiempo de más ya que instantes después todo pareció estallar en un torrente de luz cegadora que inundó el paraje por completo, cegando a todas las criaturas que se habían atrevido a presenciar el ataque a excepción del bruzzs, que tuvo suerte puesto que el cuerpo del humano actuó como pantalla, no así la bestia cenagosa la cual sufrió tal impresión por aquella explosión luminosa que su frágil corazón apenas pudo resistirlo. Con un gemido gutural se desplomó inerte sobre el putrefacto suelo dejando un rastro de sangre de su boca sobre la pierna de su víctima y hundiéndose lentamente en el fétido cenagal.

El bruzzs, que pese a todo se había cubierto los ojos con una de sus extremidades, fue retirando lentamente su pequeña pata a la vez que sus enormes ojos, que asimilaban con rapidez cualquier cambio luminoso, volvían a enmarcar la escena que se desarrollaba frente a su madriguera, bajo la cual ya no había rastro de la criatura cenagosa, devorada por las oscuras y estancadas aguas, pero donde seguía la impertérrita figura del humano, encarado hacia la luz, que resultó ser una doble fuente luminosa procedente de un vehículo parado a escasos veinte metros del tronco que le servía al bruzzs de madriguera.

El humano seguía allí, completamente inmóvil, a excepción de su cabeza oculta bajo aquella máscara dorada que reflejaba de forma dañina los haces de luz de los focos que la iluminaban. Parecía buscar algo, pero fue evidente por el gesto final que fuera lo que fuere lo que estaba buscando no estaba allí, centrando finalmente su mirada en el vehículo que iluminaba la escena y que, como respondiendo a una orden inmediata, disminuyó la intensidad de la luz de los focos hasta unos niveles aceptables para poder ver sin correr el riesgo de quedar ciego de forma permanente.

Una especie de sonrisa afloró en el semihumano rostro del ratonil bruzzs que, de pronto, se dio cuenta que ante él se encontraba una criatura inofensiva para él pero letal para cualquiera de las terribles bestias cenagosas que noche tras noche acechaban en los lugares más insospechados de aquellas ciénagas, esperando el día que no fuese suficientemente rápido o listo para esquivar su emboscada y posterior ataque. No tenía muy claro hacia donde se encaminaba aquel humano ni que intenciones tenía pero en su propio beneficio debería no alejarse de él ya que podía ser un seguro de vida perfecto.

Eran esos los pensamientos que acometía la lenta pero segura mente del bruzzs cuando el recién llegado emitió sus primeras palabras que retumbaron como un trueno por el silencioso paraje, en parte por la fuerza con la que fueron pronunciadas y en parte por el silencio reinante en el lugar.

-          ¡Wop! – Dijo el humano mirando fijamente hacia los dos haces de luz – Hace más de una hora que te andaba buscando. ¿Puedo saber dónde te habías metido? – Preguntó con una tonalidad más bien mecánica, como si fuesen palabras procesadas y emitidas por una máquina que emulase el hablar de un ser humano, algo que de todas formas le era indiferente al curioso bruzzs, ignorante de la lengua de otras especies más desarrolladas que la suya.

-          El punto de encuentro está a cuatro kilómetros de aquí más bien he sido yo quien te estaba buscando, yo estuve allí en el momento indicado... mi scanner sigue al cien por cien de operatividad así que creo que es mi deber comentar que fuiste tú quien no se presentó donde y cuando debía.

La voz sonó mucho más fuerte desde algún altavoz instalado en el vehículo con una tonalidad análoga a la de la figura humana, como si se tratase de la discusión entre dos computadoras dotadas del don del habla pero carentes de sentimiento y sensación alguna que aportase tonalidades y matices a la pronunciación.

-          Por cierto. ¿Y esa máscara dorada que llevas cómo trofeo?.

Aquella apostilla final pareció alterar ligeramente al humano que pareció erguirse cuan alto era mientras sus brazos se apoyaban sobre sus caderas y su cabeza se adelantaba ligeramente, como si tratase de lanzarse sobre el cercano vehículo sin esperar al resto del cuerpo.

-          Sabes tan bien como yo que me incineró la cabeza, está completamente destrozada y mis circuitos se sobrecargaban con los gritos de terror de esa chusma de las granjas exteriores, así que me cubrí con lo primero que encontré. ¿Supone eso algún problema?.

-          Sí, si las llamas han conseguido llegar hasta el cerebro – Fue la rápida respuesta procedente del vehículo

El humano pareció relajarse y su cuerpo volvió a su posición natural, con lo cual su apariencia pasó a ser más tranquilizadora, aunque ninguna de las criaturas de los alrededores olvidaba la muerte que había dado a la bestia cenagosa y que bajo aquella extraña apariencia se encontraba un digno adversario capaz de derrotar a la peor pesadilla de aquellos pantanos.

-          Deja de lado esos comentarios y prepárate para fabricarme una cara nueva, con estos pellejos chamuscados no pasaré desapercibido – Y como si de pronto se diese cuenta de la presencia de la criatura que le había atacado momentos antes, bajó la cabeza, se fijó en ella, sin saberse muy bien como era capaz de ver algo bajo aquellas pastosas aguas oscuras, la alzó en el aire de un puntapié y la agarró al vuelo con su mano derecha, quedando ésta colgando, goteando agua sucia y sangre y completamente inerte.

Para el bruzzs aquello era como estar observando a un libertador que tras la insignificante victoria alzaba el trofeo de guerra para que todos en la zona supiesen quien iba a mandar allí de ahora en adelante y que destino le esperaba a cualquiera que osase desafiar su mandato. Definitivamente aquel humano era alguien del que uno no debía de apartarse si lo que quería era vivir tranquilamente el resto de sus días sin miedo a las bestias cenagosas.

-          Este es el destino de todo aquello que no esté dentro de los límites de la ambiciosa ciudad de Ergott – Dijo en voz alta el humano observando la repulsiva alimaña que había intentado convertirle en su víctima – Sus malditos ciudadanos y su flamante defensor sólo se preocupan de su riqueza, de sus extracciones de oro y de su bienestar, condenando al resto del planeta a la podredumbre y al olvido – Y con un gesto casi despectivo soltó a la criatura que cayó nuevamente a las pestilentes aguas, hundiéndose para siempre en el olvido hasta que su cuerpo, hinchado por el paso del tiempo, emergiera y sirviese de alimento a otros carroñeros.

-          Un discurso de lo más elocuente si hubiese un público capaz de entenderlo, pero por desgracia en esta ciénaga que ensucia mis neumáticos y tus botas no hay criatura inteligente que entienda de tales reflexiones – Fue la respuesta procedente desde el vehículo, que era quien en realidad emitía las palabras puesto que su interior carecía de ocupante alguno – Sin embargo nada de eso excusa nuestra ausencia, las palabras de tu madre y de tu hermano mayor fueron bastante claras, ¿no?.

El humano guardó silencio y quedó meditabundo. Era cierto que desde que acabó su infancia se vio sometido a las mismas obligaciones que sus otros seis hermanos, impuestas por su madre, aunque en menor escala para él, dados sus problemas de salud.

-          Worty – Volvió a hablar el vehículo – No creo que haya nada en Ergott que quede por descubrirse y me temo que nuestras obligaciones nos llaman a estar en otro sitio. Tuviste tu oportunidad de acabar con el Policía de Ergott, le tenías a tiro desde el principio y sin embargo le dejaste disparar primero... ¿Se supone que jugabas a algo?, reconstruirte la cara va a ser un largo trabajo y no es tiempo precisamente lo que nos sobra pese a que podamos ir a donde queramos y cuando queramos.

-          Sólo pretendía darle una oportunidad, cualquier adversario mío la merece, pero su emboscada no la había podido prever. Pero no habrá más oportunidades, en cuanto me reconstruyas las facciones pienso volver y destruirle a él y a su maldita ciudad de las luces, pienso sumir ese lugar en la más terrible de las tinieblas.

-          Insisto en que no hay tiempo para ello – Fue la tajante advertencia de la voz procedente del vehículo - Las directrices de tu hermano mayor y de tu madre son bastante precisas y el tiempo que pasamos aquí lo perdemos en la preparación de tu plan, es muy preciso y mis cálculos le dan una buena probabilidad de éxito, pero cada segundo que permanecemos aquí acorta esas posibilidades.

La reacción del humano era la de contestar a tal argumento, pero en ese momento ocurrió algo que dejó que las palabras no llegaran siquiera a pronunciarse, algo que inquietó por completo hasta a la más pequeña criatura que pululaba por la zona y muy especialmente al insignificante bruzzs frente a cuya madriguera estaba clavado el humano cual colosal estatua.

El viento despareció.

Aquello provocó en el pequeño y peludo animal un desasosiego total. Ciertamente era lo que siempre había deseado, que aquel terrible ulular etéreo desapareciera para siempre y devolviese la tranquilidad a aquellos parajes, pero la forma en la que había desaparecido infundió un miedo espantoso en todo su ser, como si aquella inesperada tranquilidad fuera el preludio algo mucho peor y esa sensación acabó por convertirse en un miedo absoluto que le llevó a olvidarse de toda su seguridad para emprender una huida que le apartase de lo que quiera que fuera a ocurrir a continuación, porque algo le decía interiormente al animal que aquel extraordinario suceso era sólo la antesala de algo horrible de lo que había que huir.

No tuvo tiempo, apenas había salido de la madriguera el eterno amo del lugar, el viento inmisericorde, acudió de nuevo y lo inundó todo con mayor fuerza si cabía aún, arrastrando con su furia salvaje al frágil cuerpo del animal, que salió literalmente disparado contra el vehículo que se dibujaba varios metros más allá de su cubil.

En el humano, sin embargo, no hubo reacción ninguna, ni durante el breve lapso de tiempo que no hubo viento ni posteriormente cuando éste regresó con toda su furia natural, permanecía allí, en completo silencio, totalmente inmóvil, con aquella máscara dorada de facciones inamovibles que le daban un siniestro y amenazador aspecto, siendo los únicos vestigios de su posición la violencia con la que su pelo y su negra capa se agitaban al compás de las inmisericordes ráfagas que cruzaban por el enfermizo territorio de las ciénagas. 

Finalmente un imperceptible movimiento de la cabeza y los consiguientes destellos provocados con la máscara dorada volvieron a delatar la existencia de un ser vivo bajo aquella imagen pétrea, tras lo que su voz restalló con excesiva violencia para lo que había sido la conversación mantenida hasta ese momento.

-          ¡Me ha llamado engendro mecánico! – Pareció masticar lentamente las palabras, primer síntoma de que no era una máquina la que emitía aquella voz.

Una serie de zumbidos en el vehículo y de extrañas luces que se escapaban por una de las puertas abiertas fueron el preludio de la respuesta del motorizado interlocutor.

-          Lo he odio perfectamente, podría asimilarse a las ocasiones en las que me denominas montón de chatarra.

-          En este caso en muy diferente – casi escupió las palabras la figura humana – Voy a destrozarle y a hacerle tragarse esas palabras una por una.

-          Esa actuación no sería adecuada puedes poner en peligro todo el plan.

-          Nadie me insulta y sale indemne – Fue la tajante sentencia del humano – Prepara el viaje y la reconstrucción facial, salimos de este apestoso lugar ya mismo, ya habrá un momento más propicio para saldar cuentas.

Y fue entonces cuando la figura humana recobró sus movimientos, marchando con celeridad hacia el vehículo, ignorando el huracanado viento que arrastraba todo cuanto no estuviese bien sujeto y chapoteando de una forma que delataba la posible furia que parecía embargar, ignorando que al llegar hasta el coche y subir a él agitaba su capa de tal forma que con uno de sus extremos golpeaba a una pequeña silueta peluda que se debatía con la asombrosa furia del recién aparecido viento.

Apenas estuvo en el asiento del conductor se desprendió con un ágil movimiento de la máscara de oro que cubría su rostro, dejando a la vista un terrible espectáculo de carnes,  músculos y huesos quemados y desfigurados de forma terrible, aunque apenas perceptible a las luces de las múltiples consolas del panel de mandos del vehículo. Y tras esa acción lanzó la máscara a la ciénaga con el mismo desprecio con el que anteriormente había dejado caer el cadáver inerte de la bestia cenagosa, agarrando al instante la puerta, de apertura vertical, y cerrándola con un movimiento seco sin esperar a que el propio vehículo la cerrase con sus procedimientos de automatismo.

-          Aún no podemos irnos, llevas un pasajero adicional del que hay que deshacerse – Advirtió la voz del vehículo mientras un panel acompañaba las palabras con una serie de barras que ascendían y descendían según surgían los sonidos de los múltiples altavoces colocados de forma que el sonido fuese totalmente envolvente.

Con un seco giro del cuello el humano giró su cabeza y fijó su atención en lo que presuponía que había entrado en el vehículo y que impedía la realización del agotador viaje hasta la fuente del insulto.

El bruzzs aún no se había recuperado del impacto contra los acolchados asientos del vehículo tras ser arrastrado por la alocada capa del humano, mecida de forma brutal por el viento, estaba indagando donde había caído cuando sus enormes ojos se cruzaron con los del humano, o más concretamente con el derecho ya que el izquierdo se hallaba completamente oculto por una desfigurada masa de carne y músculo que caían de forma espantosa sobre una no menos destrozada mejilla carbonizada casi en su totalidad.

-          Un vivo ejemplo de la podrida fauna local – Fue lo único que dijo el humano antes de girar el cuello con la misma rapidez que antes y comenzar a teclear una serie de comandos en un teclado integrado en el mismo volante.

-          No podemos iniciar el viaje con esa cosa dentro, podríamos alterarlo todo, esa criatura no puede ir a la Tierra.

Una especie de sonrisa se dibujó en la comisura de los descarnados labios del humano mientras un trozo de jirón de piel caía de la barbilla al asiento.

-          No sobrevivirá al viaje, nadie lo hace, salvo nosotros – Y continuó con su frenético teclear mientras un zumbido de motores en ignición lo envolvía todo.

-          Aún así el riesgo de contaminación es muy alto, una sola cosa de esas podría alterarlo todo y tu madre...

La voz excesivamente alta del humano atajó por completo las protestas de la máquina a aquel desvío de los protocolos básicos de seguridad.

-          Mi madre tiene ahora cuestiones más urgentes que atender que preocuparse por si me llevo o no un souvenir de este enfermizo lugar. Este no es un viaje cualquiera, el salto de dimensión lo destrozará y lo más grande que quedará de él no superará siquiera el tamaño de una simple molécula, así que deja ya ese tema e inicia las fases de despegue, quiero que ese desgraciado pague cuanto antes con su sangre lo que me ha dicho.

-          Como órdenes, pero luego me veré en la obligación de recordarte que los errores en los procedimientos acaban pagándose.

Una nueva especie de sonrisa terrorífica asomó en el rostro desfigurado del humano.

-          Si el plan falla no importará mucho, no quedará nadie para pagarlo... al menos yo no estaré allí.

Y tras acomodarse en el respaldo del sillón y desplegarse el doble cinturón de seguridad pulsó un pequeño botón en la palanca de cambios, momento en el cual el sonido exterior se hizo ensordecedor delatando el encendido de los motores y la inminencia del viaje que se disponían a hacer el vehículo, el desfigurado humano y la secuestrada criatura de los pantanos de Ergott.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nadie en la Tierra podía siquiera intuir lo que en los próximos días iba a ocurrir y a sentenciar su “prefijado” destino, para bien o para mal, pero, mientras eso ocurriera, en una solitaria zona de un mundo imaginario de pesadilla una máscara de oro se hundía en las cenagosas profundidades de aguas estancadas, en un lugar donde la bruma y la oscuridad volvieron a hacerse dueños del lugar, sin disputarle el reinado al gran amo de todo aquello; el viento.